De cuando en cuando es necesario hacer un alto en la atención que prestamos a los hechos cotidianos y pararnos a reflexionar sobre nuestras obras y nuestros pensamientos. Estas pausas saltan al primer plano de la actualidad informativa cuando ésta produce hechos que, tomados en su conjunto, provocan múltiples interrogantes y escasas respuestas. En los últimos meses ha surgido una pregunta de nueva síntesis que recibe respuestas inadecuadas, lo que es necesario corregir en interés de todos.Las dificultades que plantea el actual sistema de relaciones internacionales son generadas más por la ausencia de un horizonte político general que por la complejidad intrínseca de las crisis locales y regionales. El nuevo orden mundial propuesto por George Bush constituye un síntoma de esta crisis global en cuanto fórmula que tiende a echar mano de un método anticuado para encarar un problema nuevo.

El problema. no nace del hecho de que existan poderes contrapuestos que deseen dominar el mundo (como había venido ocurriendo hasta hace poco). Surge más bien de la necesidad que sienten todas y cada una de las áreas del planeta de que se consolide un sistema rector del mercado mundial, necesidad que ninguna de ellas está en condiciones de garantizar de forma creíble.

Mero acuerdo estratégico

La propuesta de Bush se limita a ofrecer un acuerdo estratégico capaz de administrar los problemas globales de seguridad militar sobre la base de un acuerdo de responsabilidad común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y la Unión Soviética. Ello es importante como parte del desarrollo de un nuevo orden mundial (en particular, debido al proceso de cooptación de la URSS por parte de Occidente), pero no puede constituir la estructura del propio orden nuevo.

En los últimos 10 años, de hecho, ha ocurrido algo nuevo en el planeta: todos, con más o menos énfasis, han aceptado el sistema de mercado como organización política de la sociedad (es decir, el capitalismo ha vencido en el plano ideológico). En otras palabras, ha concluido el periodo en el que el 75% del planeta actuaba en base a tipos de organizaciones sociales distintas a aquella que tenía como puntos de referencia el mercado y el código capitalista (experimentalismo socialista, populismo nacionalista ... ), y como marco, la congelación basada en el sistema bipolar. Ahora, este 75% del planeta desea verse cooptado por el área rica y no competir con ella, pero no dispone de los recursos para hacerlo.

Demanda de recursos

La situación actual, por tanto, se caracteriza por una enorme e improvisada demanda de recursos económicos como fundamento para alcanzar un acuerdo político de estabilización planetaria. Ante este anhelo, y dadas sus proporciones, las potencias tradicionales se encuentran desnudas.

Estados Unidos puede transferir al resto del mundo un alto grado de seguridad, pero poco capital. Los europeos son los únicos que pueden movilizar grandes flujos de capitalización, pero la demanda de recursos es muy superior a la disponibilidad global de la, sin embargo, rica Europa, abocada, por otra parte, a medio plazo a invertir cuantiosos fondos en sí misma (por ejemplo, los costes de la reconstrucción de Alemania, el saneamiento financiero de Italia... ). En resumen, existe una crisis de potencial capitalizador en Occidente en relación al nivel de la demanda de recursos procedente de la mayoría del planeta.

Esta crisis de capitalización global convierte en débil y vacilante la propuesta de un nuevo orden mundial basada en un directorio con capacidad militar global, pero sin el apoyo de un potencial económico equivalente al alcance del empeño estratégico. Esta naturaleza menoscabada de la propuesta norteamericana es incluso altamente peligrosa en el plano de las relaciones Este-Oeste en cuanto que induce una relación de tipo tributario entre los europeos y los japoneses por un lado y Estados Unidos por el otro que no puede por menos que convertirse en fuente de un conflicto estructural. Por tanto, sin la elaboración de una política de mercado global es imposible estabilizar de forma sustancial (es decir, occidentalizar) el planeta, ya que las sociedades pobres no tienen más alternativa que organizarse a través de una forma política conflictiva (ya no regulada por los límites del equilibrio bipolar).

Escenario negativo

En síntesis, el nuevo orden mundial propuesto por Bush da paso a un escenario tautológico negativo: la oferta de una mayor seguridad estratégica global crea un nuevo conflicto asimismo global, dado que la propia oferta peca de falta de contenidos económicos proporcionales. El mundo, en este caso, está mal pensado.

Pensar bien el mundo significa ante todo comprender cuáles son sus necesidades. Y el mundo exige fondos en una proporción muy superior a los que es posible movilizar mediante los medios hoy por hoy disponibles. Por tanto, pensar el mundo consiste en estos momentos en dotar al mercado global de una arquitectura política capaz de potenciar la generación económica. Veamos cómo.

En estas mismas páginas hemos abogado repetidamente por la elaboración urgente de un proyecto político capaz de generar un mercado común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y Japón. En el contexto actual, esta propuesta cobra aún más urgencia si cabe, ya que es la única solución capaz de crear un motor de desarrollo con consecuencias planetarias.

Esta integración ofrecería, sin duda, aspectos generadores muy superiores a los que se obtienen con el actual ordenamiento del mercado internacional, ya que tanto el sistema financiero como el industrial se verían obligados a globalizar sus funciones incidiendo obligatoriamente en las áreas periféricas del polo tricontinental, esto es. el resto del mundo. En esta escala, de hecho, el mercado actuaría mediante procesos naturales (atraídos por los diferenciales económicos) y no tan sólo institucionales (es decir, mediante acuerdos deudores entre Estados), se produciría una transferencia masiva de recursos a escala global acompañada de una transferencia asimismo natural (y, por tanto, progresiva y selectiva) de la racionalidad capitalista. Esta solución, en resumen, pondría en circulación un mayor volumen de capital y de forma más organ zada. Y ello resolvería la primera parte del actual problema: el mercado capitalista, tal como existe tioy día, no crea flujos de recursos hacia las zonas pobres. Dado que tales flujos no pueden mantenerse artificialmente a partir de un cierto límite, la ampliación del mercado es lo único que puede garantizar que tales transferencias se produzcan de modo natural, es decir, compatible con los requisitos del propio mercado,

Capitalización 'natural'

En síntesis, la formación de un mercado común tricontinental permitiría la capitalización natural y no deudora de los sistemas subcapitalizados. Y ello estimularía a su vez el desarrollo tanto de las zonas ya ricas como de las pobres, y crearía las bases concretas (y un punto de orden concreto) para los acuerdos políticos sobre seguridad.

Pensar el mundo hoy día significa construir el mercado global, ya que tan sólo el capitalismo (en su forma moderna) está capacitado para dotar de un lenguaje común al planeta sin violencias imperiales y mediante procesos distributivos de carácter pragmático. Es imprescindible no perder demasiado tiempo con propuestas que no sirven sino para retrasar la realización de esta síntesis esencial, sin la cual todos nosotros nos arriesgamos a retroceder a aquel pasado que tan sólo recientemente hemos dejado con orgullo a nuestra espalda.

Carlo Pelanda es profesor de Teoría y Métodos de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma, Y coautor del libro Europa se reencuetra, editado por EL PAÍS-Aguilar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de abril de 1991

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De cuando en cuando es necesario hacer un alto en la atención que prestamos a los hechos cotidianos y pararnos a reflexionar sobre nuestras obras y nuestros pensamientos. Estas pausas saltan al primer plano de la actualidad informativa cuando ésta produce hechos que, tomados en su conjunto, provocan múltiples interrogantes y escasas respuestas. En los últimos meses ha surgido una pregunta de nueva síntesis que recibe respuestas inadecuadas, lo que es necesario corregir en interés de todos.Las dificultades que plantea el actual sistema de relaciones internacionales son generadas más por la ausencia de un horizonte político general que por la complejidad intrínseca de las crisis locales y regionales. El nuevo orden mundial propuesto por George Bush constituye un síntoma de esta crisis global en cuanto fórmula que tiende a echar mano de un método anticuado para encarar un problema nuevo.

El problema. no nace del hecho de que existan poderes contrapuestos que deseen dominar el mundo (como había venido ocurriendo hasta hace poco). Surge más bien de la necesidad que sienten todas y cada una de las áreas del planeta de que se consolide un sistema rector del mercado mundial, necesidad que ninguna de ellas está en condiciones de garantizar de forma creíble.

Mero acuerdo estratégico

La propuesta de Bush se limita a ofrecer un acuerdo estratégico capaz de administrar los problemas globales de seguridad militar sobre la base de un acuerdo de responsabilidad común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y la Unión Soviética. Ello es importante como parte del desarrollo de un nuevo orden mundial (en particular, debido al proceso de cooptación de la URSS por parte de Occidente), pero no puede constituir la estructura del propio orden nuevo.

En los últimos 10 años, de hecho, ha ocurrido algo nuevo en el planeta: todos, con más o menos énfasis, han aceptado el sistema de mercado como organización política de la sociedad (es decir, el capitalismo ha vencido en el plano ideológico). En otras palabras, ha concluido el periodo en el que el 75% del planeta actuaba en base a tipos de organizaciones sociales distintas a aquella que tenía como puntos de referencia el mercado y el código capitalista (experimentalismo socialista, populismo nacionalista ... ), y como marco, la congelación basada en el sistema bipolar. Ahora, este 75% del planeta desea verse cooptado por el área rica y no competir con ella, pero no dispone de los recursos para hacerlo.

Demanda de recursos

La situación actual, por tanto, se caracteriza por una enorme e improvisada demanda de recursos económicos como fundamento para alcanzar un acuerdo político de estabilización planetaria. Ante este anhelo, y dadas sus proporciones, las potencias tradicionales se encuentran desnudas.

Estados Unidos puede transferir al resto del mundo un alto grado de seguridad, pero poco capital. Los europeos son los únicos que pueden movilizar grandes flujos de capitalización, pero la demanda de recursos es muy superior a la disponibilidad global de la, sin embargo, rica Europa, abocada, por otra parte, a medio plazo a invertir cuantiosos fondos en sí misma (por ejemplo, los costes de la reconstrucción de Alemania, el saneamiento financiero de Italia... ). En resumen, existe una crisis de potencial capitalizador en Occidente en relación al nivel de la demanda de recursos procedente de la mayoría del planeta.

Esta crisis de capitalización global convierte en débil y vacilante la propuesta de un nuevo orden mundial basada en un directorio con capacidad militar global, pero sin el apoyo de un potencial económico equivalente al alcance del empeño estratégico. Esta naturaleza menoscabada de la propuesta norteamericana es incluso altamente peligrosa en el plano de las relaciones Este-Oeste en cuanto que induce una relación de tipo tributario entre los europeos y los japoneses por un lado y Estados Unidos por el otro que no puede por menos que convertirse en fuente de un conflicto estructural. Por tanto, sin la elaboración de una política de mercado global es imposible estabilizar de forma sustancial (es decir, occidentalizar) el planeta, ya que las sociedades pobres no tienen más alternativa que organizarse a través de una forma política conflictiva (ya no regulada por los límites del equilibrio bipolar).

Escenario negativo

En síntesis, el nuevo orden mundial propuesto por Bush da paso a un escenario tautológico negativo: la oferta de una mayor seguridad estratégica global crea un nuevo conflicto asimismo global, dado que la propia oferta peca de falta de contenidos económicos proporcionales. El mundo, en este caso, está mal pensado.

Pensar bien el mundo significa ante todo comprender cuáles son sus necesidades. Y el mundo exige fondos en una proporción muy superior a los que es posible movilizar mediante los medios hoy por hoy disponibles. Por tanto, pensar el mundo consiste en estos momentos en dotar al mercado global de una arquitectura política capaz de potenciar la generación económica. Veamos cómo.

En estas mismas páginas hemos abogado repetidamente por la elaboración urgente de un proyecto político capaz de generar un mercado común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y Japón. En el contexto actual, esta propuesta cobra aún más urgencia si cabe, ya que es la única solución capaz de crear un motor de desarrollo con consecuencias planetarias.

Esta integración ofrecería, sin duda, aspectos generadores muy superiores a los que se obtienen con el actual ordenamiento del mercado internacional, ya que tanto el sistema financiero como el industrial se verían obligados a globalizar sus funciones incidiendo obligatoriamente en las áreas periféricas del polo tricontinental, esto es. el resto del mundo. En esta escala, de hecho, el mercado actuaría mediante procesos naturales (atraídos por los diferenciales económicos) y no tan sólo institucionales (es decir, mediante acuerdos deudores entre Estados), se produciría una transferencia masiva de recursos a escala global acompañada de una transferencia asimismo natural (y, por tanto, progresiva y selectiva) de la racionalidad capitalista. Esta solución, en resumen, pondría en circulación un mayor volumen de capital y de forma más organ zada. Y ello resolvería la primera parte del actual problema: el mercado capitalista, tal como existe tioy día, no crea flujos de recursos hacia las zonas pobres. Dado que tales flujos no pueden mantenerse artificialmente a partir de un cierto límite, la ampliación del mercado es lo único que puede garantizar que tales transferencias se produzcan de modo natural, es decir, compatible con los requisitos del propio mercado,

Capitalización 'natural'

En síntesis, la formación de un mercado común tricontinental permitiría la capitalización natural y no deudora de los sistemas subcapitalizados. Y ello estimularía a su vez el desarrollo tanto de las zonas ya ricas como de las pobres, y crearía las bases concretas (y un punto de orden concreto) para los acuerdos políticos sobre seguridad.

Pensar el mundo hoy día significa construir el mercado global, ya que tan sólo el capitalismo (en su forma moderna) está capacitado para dotar de un lenguaje común al planeta sin violencias imperiales y mediante procesos distributivos de carácter pragmático. Es imprescindible no perder demasiado tiempo con propuestas que no sirven sino para retrasar la realización de esta síntesis esencial, sin la cual todos nosotros nos arriesgamos a retroceder a aquel pasado que tan sólo recientemente hemos dejado con orgullo a nuestra espalda.

Carlo Pelanda es profesor de Teoría y Métodos de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma, Y coautor del libro Europa se reencuetra, editado por EL PAÍS-Aguilar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de abril de 1991

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De cuando en cuando es necesario hacer un alto en la atención que prestamos a los hechos cotidianos y pararnos a reflexionar sobre nuestras obras y nuestros pensamientos. Estas pausas saltan al primer plano de la actualidad informativa cuando ésta produce hechos que, tomados en su conjunto, provocan múltiples interrogantes y escasas respuestas. En los últimos meses ha surgido una pregunta de nueva síntesis que recibe respuestas inadecuadas, lo que es necesario corregir en interés de todos.Las dificultades que plantea el actual sistema de relaciones internacionales son generadas más por la ausencia de un horizonte político general que por la complejidad intrínseca de las crisis locales y regionales. El nuevo orden mundial propuesto por George Bush constituye un síntoma de esta crisis global en cuanto fórmula que tiende a echar mano de un método anticuado para encarar un problema nuevo.

El problema. no nace del hecho de que existan poderes contrapuestos que deseen dominar el mundo (como había venido ocurriendo hasta hace poco). Surge más bien de la necesidad que sienten todas y cada una de las áreas del planeta de que se consolide un sistema rector del mercado mundial, necesidad que ninguna de ellas está en condiciones de garantizar de forma creíble.

Mero acuerdo estratégico

La propuesta de Bush se limita a ofrecer un acuerdo estratégico capaz de administrar los problemas globales de seguridad militar sobre la base de un acuerdo de responsabilidad común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y la Unión Soviética. Ello es importante como parte del desarrollo de un nuevo orden mundial (en particular, debido al proceso de cooptación de la URSS por parte de Occidente), pero no puede constituir la estructura del propio orden nuevo.

En los últimos 10 años, de hecho, ha ocurrido algo nuevo en el planeta: todos, con más o menos énfasis, han aceptado el sistema de mercado como organización política de la sociedad (es decir, el capitalismo ha vencido en el plano ideológico). En otras palabras, ha concluido el periodo en el que el 75% del planeta actuaba en base a tipos de organizaciones sociales distintas a aquella que tenía como puntos de referencia el mercado y el código capitalista (experimentalismo socialista, populismo nacionalista ... ), y como marco, la congelación basada en el sistema bipolar. Ahora, este 75% del planeta desea verse cooptado por el área rica y no competir con ella, pero no dispone de los recursos para hacerlo.

Demanda de recursos

La situación actual, por tanto, se caracteriza por una enorme e improvisada demanda de recursos económicos como fundamento para alcanzar un acuerdo político de estabilización planetaria. Ante este anhelo, y dadas sus proporciones, las potencias tradicionales se encuentran desnudas.

Estados Unidos puede transferir al resto del mundo un alto grado de seguridad, pero poco capital. Los europeos son los únicos que pueden movilizar grandes flujos de capitalización, pero la demanda de recursos es muy superior a la disponibilidad global de la, sin embargo, rica Europa, abocada, por otra parte, a medio plazo a invertir cuantiosos fondos en sí misma (por ejemplo, los costes de la reconstrucción de Alemania, el saneamiento financiero de Italia... ). En resumen, existe una crisis de potencial capitalizador en Occidente en relación al nivel de la demanda de recursos procedente de la mayoría del planeta.

Esta crisis de capitalización global convierte en débil y vacilante la propuesta de un nuevo orden mundial basada en un directorio con capacidad militar global, pero sin el apoyo de un potencial económico equivalente al alcance del empeño estratégico. Esta naturaleza menoscabada de la propuesta norteamericana es incluso altamente peligrosa en el plano de las relaciones Este-Oeste en cuanto que induce una relación de tipo tributario entre los europeos y los japoneses por un lado y Estados Unidos por el otro que no puede por menos que convertirse en fuente de un conflicto estructural. Por tanto, sin la elaboración de una política de mercado global es imposible estabilizar de forma sustancial (es decir, occidentalizar) el planeta, ya que las sociedades pobres no tienen más alternativa que organizarse a través de una forma política conflictiva (ya no regulada por los límites del equilibrio bipolar).

Escenario negativo

En síntesis, el nuevo orden mundial propuesto por Bush da paso a un escenario tautológico negativo: la oferta de una mayor seguridad estratégica global crea un nuevo conflicto asimismo global, dado que la propia oferta peca de falta de contenidos económicos proporcionales. El mundo, en este caso, está mal pensado.

Pensar bien el mundo significa ante todo comprender cuáles son sus necesidades. Y el mundo exige fondos en una proporción muy superior a los que es posible movilizar mediante los medios hoy por hoy disponibles. Por tanto, pensar el mundo consiste en estos momentos en dotar al mercado global de una arquitectura política capaz de potenciar la generación económica. Veamos cómo.

En estas mismas páginas hemos abogado repetidamente por la elaboración urgente de un proyecto político capaz de generar un mercado común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y Japón. En el contexto actual, esta propuesta cobra aún más urgencia si cabe, ya que es la única solución capaz de crear un motor de desarrollo con consecuencias planetarias.

Esta integración ofrecería, sin duda, aspectos generadores muy superiores a los que se obtienen con el actual ordenamiento del mercado internacional, ya que tanto el sistema financiero como el industrial se verían obligados a globalizar sus funciones incidiendo obligatoriamente en las áreas periféricas del polo tricontinental, esto es. el resto del mundo. En esta escala, de hecho, el mercado actuaría mediante procesos naturales (atraídos por los diferenciales económicos) y no tan sólo institucionales (es decir, mediante acuerdos deudores entre Estados), se produciría una transferencia masiva de recursos a escala global acompañada de una transferencia asimismo natural (y, por tanto, progresiva y selectiva) de la racionalidad capitalista. Esta solución, en resumen, pondría en circulación un mayor volumen de capital y de forma más organ zada. Y ello resolvería la primera parte del actual problema: el mercado capitalista, tal como existe tioy día, no crea flujos de recursos hacia las zonas pobres. Dado que tales flujos no pueden mantenerse artificialmente a partir de un cierto límite, la ampliación del mercado es lo único que puede garantizar que tales transferencias se produzcan de modo natural, es decir, compatible con los requisitos del propio mercado,

Capitalización 'natural'

En síntesis, la formación de un mercado común tricontinental permitiría la capitalización natural y no deudora de los sistemas subcapitalizados. Y ello estimularía a su vez el desarrollo tanto de las zonas ya ricas como de las pobres, y crearía las bases concretas (y un punto de orden concreto) para los acuerdos políticos sobre seguridad.

Pensar el mundo hoy día significa construir el mercado global, ya que tan sólo el capitalismo (en su forma moderna) está capacitado para dotar de un lenguaje común al planeta sin violencias imperiales y mediante procesos distributivos de carácter pragmático. Es imprescindible no perder demasiado tiempo con propuestas que no sirven sino para retrasar la realización de esta síntesis esencial, sin la cual todos nosotros nos arriesgamos a retroceder a aquel pasado que tan sólo recientemente hemos dejado con orgullo a nuestra espalda.

Carlo Pelanda es profesor de Teoría y Métodos de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma, Y coautor del libro Europa se reencuetra, editado por EL PAÍS-Aguilar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de abril de 1991

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Carlo A. Pelanda
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El Pais

1991-4-27

27/4/1991

Pensar el mundo

Tan sólo el establecimiento de un mercado a tres bandas entre Europa, Estados Unidos y Japón -con la generación de recursos que ello provocaría-, y no precisamente el nuevo orden mundial propuesto por George Bush, es capaz de garantizar, según el autor, el progreso y la estabilidad del planeta en su conjunto.

De cuando en cuando es necesario hacer un alto en la atención que prestamos a los hechos cotidianos y pararnos a reflexionar sobre nuestras obras y nuestros pensamientos. Estas pausas saltan al primer plano de la actualidad informativa cuando ésta produce hechos que, tomados en su conjunto, provocan múltiples interrogantes y escasas respuestas. En los últimos meses ha surgido una pregunta de nueva síntesis que recibe respuestas inadecuadas, lo que es necesario corregir en interés de todos.Las dificultades que plantea el actual sistema de relaciones internacionales son generadas más por la ausencia de un horizonte político general que por la complejidad intrínseca de las crisis locales y regionales. El nuevo orden mundial propuesto por George Bush constituye un síntoma de esta crisis global en cuanto fórmula que tiende a echar mano de un método anticuado para encarar un problema nuevo.

El problema. no nace del hecho de que existan poderes contrapuestos que deseen dominar el mundo (como había venido ocurriendo hasta hace poco). Surge más bien de la necesidad que sienten todas y cada una de las áreas del planeta de que se consolide un sistema rector del mercado mundial, necesidad que ninguna de ellas está en condiciones de garantizar de forma creíble.

Mero acuerdo estratégico

La propuesta de Bush se limita a ofrecer un acuerdo estratégico capaz de administrar los problemas globales de seguridad militar sobre la base de un acuerdo de responsabilidad común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y la Unión Soviética. Ello es importante como parte del desarrollo de un nuevo orden mundial (en particular, debido al proceso de cooptación de la URSS por parte de Occidente), pero no puede constituir la estructura del propio orden nuevo.

En los últimos 10 años, de hecho, ha ocurrido algo nuevo en el planeta: todos, con más o menos énfasis, han aceptado el sistema de mercado como organización política de la sociedad (es decir, el capitalismo ha vencido en el plano ideológico). En otras palabras, ha concluido el periodo en el que el 75% del planeta actuaba en base a tipos de organizaciones sociales distintas a aquella que tenía como puntos de referencia el mercado y el código capitalista (experimentalismo socialista, populismo nacionalista ... ), y como marco, la congelación basada en el sistema bipolar. Ahora, este 75% del planeta desea verse cooptado por el área rica y no competir con ella, pero no dispone de los recursos para hacerlo.

Demanda de recursos

La situación actual, por tanto, se caracteriza por una enorme e improvisada demanda de recursos económicos como fundamento para alcanzar un acuerdo político de estabilización planetaria. Ante este anhelo, y dadas sus proporciones, las potencias tradicionales se encuentran desnudas.

Estados Unidos puede transferir al resto del mundo un alto grado de seguridad, pero poco capital. Los europeos son los únicos que pueden movilizar grandes flujos de capitalización, pero la demanda de recursos es muy superior a la disponibilidad global de la, sin embargo, rica Europa, abocada, por otra parte, a medio plazo a invertir cuantiosos fondos en sí misma (por ejemplo, los costes de la reconstrucción de Alemania, el saneamiento financiero de Italia... ). En resumen, existe una crisis de potencial capitalizador en Occidente en relación al nivel de la demanda de recursos procedente de la mayoría del planeta.

Esta crisis de capitalización global convierte en débil y vacilante la propuesta de un nuevo orden mundial basada en un directorio con capacidad militar global, pero sin el apoyo de un potencial económico equivalente al alcance del empeño estratégico. Esta naturaleza menoscabada de la propuesta norteamericana es incluso altamente peligrosa en el plano de las relaciones Este-Oeste en cuanto que induce una relación de tipo tributario entre los europeos y los japoneses por un lado y Estados Unidos por el otro que no puede por menos que convertirse en fuente de un conflicto estructural. Por tanto, sin la elaboración de una política de mercado global es imposible estabilizar de forma sustancial (es decir, occidentalizar) el planeta, ya que las sociedades pobres no tienen más alternativa que organizarse a través de una forma política conflictiva (ya no regulada por los límites del equilibrio bipolar).

Escenario negativo

En síntesis, el nuevo orden mundial propuesto por Bush da paso a un escenario tautológico negativo: la oferta de una mayor seguridad estratégica global crea un nuevo conflicto asimismo global, dado que la propia oferta peca de falta de contenidos económicos proporcionales. El mundo, en este caso, está mal pensado.

Pensar bien el mundo significa ante todo comprender cuáles son sus necesidades. Y el mundo exige fondos en una proporción muy superior a los que es posible movilizar mediante los medios hoy por hoy disponibles. Por tanto, pensar el mundo consiste en estos momentos en dotar al mercado global de una arquitectura política capaz de potenciar la generación económica. Veamos cómo.

En estas mismas páginas hemos abogado repetidamente por la elaboración urgente de un proyecto político capaz de generar un mercado común entre Estados Unidos, la Comunidad Europea y Japón. En el contexto actual, esta propuesta cobra aún más urgencia si cabe, ya que es la única solución capaz de crear un motor de desarrollo con consecuencias planetarias.

Esta integración ofrecería, sin duda, aspectos generadores muy superiores a los que se obtienen con el actual ordenamiento del mercado internacional, ya que tanto el sistema financiero como el industrial se verían obligados a globalizar sus funciones incidiendo obligatoriamente en las áreas periféricas del polo tricontinental, esto es. el resto del mundo. En esta escala, de hecho, el mercado actuaría mediante procesos naturales (atraídos por los diferenciales económicos) y no tan sólo institucionales (es decir, mediante acuerdos deudores entre Estados), se produciría una transferencia masiva de recursos a escala global acompañada de una transferencia asimismo natural (y, por tanto, progresiva y selectiva) de la racionalidad capitalista. Esta solución, en resumen, pondría en circulación un mayor volumen de capital y de forma más organ zada. Y ello resolvería la primera parte del actual problema: el mercado capitalista, tal como existe tioy día, no crea flujos de recursos hacia las zonas pobres. Dado que tales flujos no pueden mantenerse artificialmente a partir de un cierto límite, la ampliación del mercado es lo único que puede garantizar que tales transferencias se produzcan de modo natural, es decir, compatible con los requisitos del propio mercado,

Capitalización 'natural'

En síntesis, la formación de un mercado común tricontinental permitiría la capitalización natural y no deudora de los sistemas subcapitalizados. Y ello estimularía a su vez el desarrollo tanto de las zonas ya ricas como de las pobres, y crearía las bases concretas (y un punto de orden concreto) para los acuerdos políticos sobre seguridad.

Pensar el mundo hoy día significa construir el mercado global, ya que tan sólo el capitalismo (en su forma moderna) está capacitado para dotar de un lenguaje común al planeta sin violencias imperiales y mediante procesos distributivos de carácter pragmático. Es imprescindible no perder demasiado tiempo con propuestas que no sirven sino para retrasar la realización de esta síntesis esencial, sin la cual todos nosotros nos arriesgamos a retroceder a aquel pasado que tan sólo recientemente hemos dejado con orgullo a nuestra espalda.

Carlo Pelanda es profesor de Teoría y Métodos de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma, Y coautor del libro Europa se reencuetra, editado por EL PAÍS-Aguilar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de abril de 1991

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