A los diversos países del viejo imperio soviético se les otorgará -en ciertos casos, regalará- la autonomía política interna, pero se les exigirá una sólida alianza -esto es, dependencia- estratégica con Moscú, renovando así la esencia de la soberanía limitada.

La modernización política de los países satélites -y de la propia Unión Soviética- permitirá a Moscú mantener un área de influencia propia libre de los costes y de los problemas que conllevaba el mantenimiento de un imperio al viejo estilo.

La Comunidad Europea no se encuentra, por tanto, frente a la disolución del sistema imperial de la Unión Soviética, sino al intento de reconstruirlo a través de un proceso de renovación de su forma política.

En la nueva configuración, según se vislumbra, el nuevo imperio soviético dejará de ser un competidor militar de Occidente para transformarse en un competidor político en el seno del propio Occidente.

Esta eventual evolución tiene múltiples aspectos positivos. Sin embargo, para la Comunidad esto implica un límite considerable a su expansión y a su propio desarrollo.

Ante todo, se adivina un posible orden europeo favorable a Moscú: las tres Europas. Una Europa estratégicamente ligada a la URSS mediante nuevas y flexibles relaciones de soberanía limitada; una Europa central constituida por un área alemana condicionada en clave neutralista a la URSS, bien a través de medios negativos (por ejemplo, la reunificación alemana) o positivos (intercambios económicos y situación de interlocutor político privilegiado, como ya está ocurriendo), y una Europa atlántica con poderes diezmados.

Este escenario encierra múltiples riesgos para la Comunidad Europea. El más importante entre ellos es el fenómeno de la atracción hacia el Este de la República Federal de Alemania. Con una Alemania vinculada y seducida por una recentralización política favorecida desde Moscú, la Comunidad Europea perdería gran parte de su potencial político integrador.

La solución de este problema puede hallarse tan sólo mediante la imposición inmediata de un control político sobre la pretensión de supervivencia del área de influencia soviética garantizando la autonomía nacional completa a los países del Este que culminan la transición política.

La negociación con Moscú de tales garantías puede basarse, bien en el intercambio económico (en positivo), bien en la amenaza de apoyar el movimiento de transformación en Estados nacionales de las actuales repúblicas soviéticas no rusas (en negativo).

Este tipo de acción política sólo puede ser emprendido por la Comunidad Europea como un todo y constituye la más urgente de las prioridades para la supervivencia política de la propia Comunidad (considerando asimismo que Estados Unidos, en este punto, podría tener intereses contrapuestos con los de la Comunidad).

2. El caso de la acción de Francia en Líbano para tutelar el componente cristiano plantea otro problema de fondo a la Comunidad Europea. Esta iniciativa se adopta mediante un método equivocado. Francia obra como Estado nacional. Pero, en este tipo de situaciones, la solución del problema tan sólo puede basarse en una proyección de poder -bien diplomático, bien militar- de toda la Comunidad unida.La solución del caso libanés, de hecho, sólo puede activarse desarmando a las facciones en lucha, obligando a Siria a retirarse militarmente y vinculando a Israel, Irán, Irak... a una política de no intervención, de 1:brma que se pueda garantizar la formación de un Estado federal capaz de resolver políticamente el problema de la diversidad reinante en su seno. Pero, para alcanzar este objetivo, la acción internacional necesaria reviste una complejidad enorme. Los aspectos militares y políticos deben ser acordados, de hecho, con Estados Unidos, la Unión Soviética, los principales países de Oriente Próximo y en el seno de la ONU, mediante modalidades que respeten los intereses y los vínculos de cada uno, suavizándolos. Frente a esta complejidad, una acción limitada está abocada a fracasar (como fracasaron anteriormente las intervenciones limitadas de Francia, Italia, Reino Unido y Estados Unidos) y a crear más problemas de los que resuelva (en este caso existe incluso el riesgo de que renazca el conflicto histórico entre el islam y el mundo cristiano). Es, por tanto, imperioso que la Comunidad se dote de un sistema de reglas e instrumentos para regir sus intervenciones de policía internacional.

En lo que respecta a las reglas, debe alcanzarse un compromiso por el cual la intervención militar de un país de la Comunidad sea acordado entre todos y, sobre todo, organizado mediante la movilización de todo el complejo diplomático y militar de la propia Comunidad.

En lo referente a los instrumentos, cada país de la Comunidad debería dotarse de medios militares adecuados para participar en las tareas comunes de policía internacional. Esta prioridad significa, para cada uno de los países europeos, reducir en parte los medios militares dedicados a defenderse del Este y utilizar los recursos así liberados para elaborar nuevos sistemas ofensivos convencionales de largo alcance (satélites para el control informativo remoto, fuerzas ole intervención rápida, sistemas de superioridad aérea y naval en zonas lejanas, logística, alta movilidad).

3. Una tercera prioridad la constituye la urgencia de diseñar una línea política en relación a los países del Tercer Mundo.

Es hora de decir la verdad. Estos países no se están desarrollando y, ante el actual estado de cosas, jamás lo harán. Parte de las causas del subdesarrollo permanente son estructurales y dificilmente modificables. Pero, en su mayoría, se deben al hecho de que estos países están gobernados por elites políticas incapaces, a menudo delincuentes y corruptas.

Los países de la Comunidad, a través de ayudas directas o mediante créditos quejamás serán reembolsados, están financiando la supervivencia. de Gobiernos inadecuados, criminales y dictatoriales.

A fin de rediseñar una política de desarrollo global es imprescindible dejar de alimentar este si stema de subdesarrollo y endeudamiento endémicos.

La Comunidad no puede y no debe practicar una política neocolonial. Pero puede y debe dotarse de un código unitario para vincular el respeto a las normas democráticas y de racionalidad económica a su polítíca de ayudas y créditos respecto a estos países, seleccioilando de hecho los comportamientos, es decir, el acceso a los recursos crediticios y de cooperación. Sin este código selectivo en la política Norte-Sur no caben esperanzas de alcanzar las condiciones políticas necesarias para el desarrollo de 2.000 millones de habitantes del planeta.

Otros temas, tales como el ecológico y el energético, así como el de la integración económica con Estados Unidos y Japón, deben formar parte de la agenda de prioridades de la política exterior de Europa. Pero éstos forman parte de un conjunto de problemas más sofisticados que no pueden resolverse en la Comunidad sin la solución preventiva de los ya apuntados como más urgentes.

El mundo necesita una revolución neoburguesa y un neohumanismo. Vuelve a ser tarea de los europeos el enunciarla y protagonizarla en el mareo de una Europa más conoceclora de los requisitos estratégicos, políticos y éticos para la supervivencia de su propio desarrollo.

es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gonzia (ISIG, Italia) y profesor de Teoría de Sistemas de la universidad de Georgia (Estados Unidos).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de septiembre de 1989

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A los diversos países del viejo imperio soviético se les otorgará -en ciertos casos, regalará- la autonomía política interna, pero se les exigirá una sólida alianza -esto es, dependencia- estratégica con Moscú, renovando así la esencia de la soberanía limitada.

La modernización política de los países satélites -y de la propia Unión Soviética- permitirá a Moscú mantener un área de influencia propia libre de los costes y de los problemas que conllevaba el mantenimiento de un imperio al viejo estilo.

La Comunidad Europea no se encuentra, por tanto, frente a la disolución del sistema imperial de la Unión Soviética, sino al intento de reconstruirlo a través de un proceso de renovación de su forma política.

En la nueva configuración, según se vislumbra, el nuevo imperio soviético dejará de ser un competidor militar de Occidente para transformarse en un competidor político en el seno del propio Occidente.

Esta eventual evolución tiene múltiples aspectos positivos. Sin embargo, para la Comunidad esto implica un límite considerable a su expansión y a su propio desarrollo.

Ante todo, se adivina un posible orden europeo favorable a Moscú: las tres Europas. Una Europa estratégicamente ligada a la URSS mediante nuevas y flexibles relaciones de soberanía limitada; una Europa central constituida por un área alemana condicionada en clave neutralista a la URSS, bien a través de medios negativos (por ejemplo, la reunificación alemana) o positivos (intercambios económicos y situación de interlocutor político privilegiado, como ya está ocurriendo), y una Europa atlántica con poderes diezmados.

Este escenario encierra múltiples riesgos para la Comunidad Europea. El más importante entre ellos es el fenómeno de la atracción hacia el Este de la República Federal de Alemania. Con una Alemania vinculada y seducida por una recentralización política favorecida desde Moscú, la Comunidad Europea perdería gran parte de su potencial político integrador.

La solución de este problema puede hallarse tan sólo mediante la imposición inmediata de un control político sobre la pretensión de supervivencia del área de influencia soviética garantizando la autonomía nacional completa a los países del Este que culminan la transición política.

La negociación con Moscú de tales garantías puede basarse, bien en el intercambio económico (en positivo), bien en la amenaza de apoyar el movimiento de transformación en Estados nacionales de las actuales repúblicas soviéticas no rusas (en negativo).

Este tipo de acción política sólo puede ser emprendido por la Comunidad Europea como un todo y constituye la más urgente de las prioridades para la supervivencia política de la propia Comunidad (considerando asimismo que Estados Unidos, en este punto, podría tener intereses contrapuestos con los de la Comunidad).

2. El caso de la acción de Francia en Líbano para tutelar el componente cristiano plantea otro problema de fondo a la Comunidad Europea. Esta iniciativa se adopta mediante un método equivocado. Francia obra como Estado nacional. Pero, en este tipo de situaciones, la solución del problema tan sólo puede basarse en una proyección de poder -bien diplomático, bien militar- de toda la Comunidad unida.La solución del caso libanés, de hecho, sólo puede activarse desarmando a las facciones en lucha, obligando a Siria a retirarse militarmente y vinculando a Israel, Irán, Irak... a una política de no intervención, de 1:brma que se pueda garantizar la formación de un Estado federal capaz de resolver políticamente el problema de la diversidad reinante en su seno. Pero, para alcanzar este objetivo, la acción internacional necesaria reviste una complejidad enorme. Los aspectos militares y políticos deben ser acordados, de hecho, con Estados Unidos, la Unión Soviética, los principales países de Oriente Próximo y en el seno de la ONU, mediante modalidades que respeten los intereses y los vínculos de cada uno, suavizándolos. Frente a esta complejidad, una acción limitada está abocada a fracasar (como fracasaron anteriormente las intervenciones limitadas de Francia, Italia, Reino Unido y Estados Unidos) y a crear más problemas de los que resuelva (en este caso existe incluso el riesgo de que renazca el conflicto histórico entre el islam y el mundo cristiano). Es, por tanto, imperioso que la Comunidad se dote de un sistema de reglas e instrumentos para regir sus intervenciones de policía internacional.

En lo que respecta a las reglas, debe alcanzarse un compromiso por el cual la intervención militar de un país de la Comunidad sea acordado entre todos y, sobre todo, organizado mediante la movilización de todo el complejo diplomático y militar de la propia Comunidad.

En lo referente a los instrumentos, cada país de la Comunidad debería dotarse de medios militares adecuados para participar en las tareas comunes de policía internacional. Esta prioridad significa, para cada uno de los países europeos, reducir en parte los medios militares dedicados a defenderse del Este y utilizar los recursos así liberados para elaborar nuevos sistemas ofensivos convencionales de largo alcance (satélites para el control informativo remoto, fuerzas ole intervención rápida, sistemas de superioridad aérea y naval en zonas lejanas, logística, alta movilidad).

3. Una tercera prioridad la constituye la urgencia de diseñar una línea política en relación a los países del Tercer Mundo.

Es hora de decir la verdad. Estos países no se están desarrollando y, ante el actual estado de cosas, jamás lo harán. Parte de las causas del subdesarrollo permanente son estructurales y dificilmente modificables. Pero, en su mayoría, se deben al hecho de que estos países están gobernados por elites políticas incapaces, a menudo delincuentes y corruptas.

Los países de la Comunidad, a través de ayudas directas o mediante créditos quejamás serán reembolsados, están financiando la supervivencia. de Gobiernos inadecuados, criminales y dictatoriales.

A fin de rediseñar una política de desarrollo global es imprescindible dejar de alimentar este si stema de subdesarrollo y endeudamiento endémicos.

La Comunidad no puede y no debe practicar una política neocolonial. Pero puede y debe dotarse de un código unitario para vincular el respeto a las normas democráticas y de racionalidad económica a su polítíca de ayudas y créditos respecto a estos países, seleccioilando de hecho los comportamientos, es decir, el acceso a los recursos crediticios y de cooperación. Sin este código selectivo en la política Norte-Sur no caben esperanzas de alcanzar las condiciones políticas necesarias para el desarrollo de 2.000 millones de habitantes del planeta.

Otros temas, tales como el ecológico y el energético, así como el de la integración económica con Estados Unidos y Japón, deben formar parte de la agenda de prioridades de la política exterior de Europa. Pero éstos forman parte de un conjunto de problemas más sofisticados que no pueden resolverse en la Comunidad sin la solución preventiva de los ya apuntados como más urgentes.

El mundo necesita una revolución neoburguesa y un neohumanismo. Vuelve a ser tarea de los europeos el enunciarla y protagonizarla en el mareo de una Europa más conoceclora de los requisitos estratégicos, políticos y éticos para la supervivencia de su propio desarrollo.

es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gonzia (ISIG, Italia) y profesor de Teoría de Sistemas de la universidad de Georgia (Estados Unidos).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de septiembre de 1989

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A los diversos países del viejo imperio soviético se les otorgará -en ciertos casos, regalará- la autonomía política interna, pero se les exigirá una sólida alianza -esto es, dependencia- estratégica con Moscú, renovando así la esencia de la soberanía limitada.

La modernización política de los países satélites -y de la propia Unión Soviética- permitirá a Moscú mantener un área de influencia propia libre de los costes y de los problemas que conllevaba el mantenimiento de un imperio al viejo estilo.

La Comunidad Europea no se encuentra, por tanto, frente a la disolución del sistema imperial de la Unión Soviética, sino al intento de reconstruirlo a través de un proceso de renovación de su forma política.

En la nueva configuración, según se vislumbra, el nuevo imperio soviético dejará de ser un competidor militar de Occidente para transformarse en un competidor político en el seno del propio Occidente.

Esta eventual evolución tiene múltiples aspectos positivos. Sin embargo, para la Comunidad esto implica un límite considerable a su expansión y a su propio desarrollo.

Ante todo, se adivina un posible orden europeo favorable a Moscú: las tres Europas. Una Europa estratégicamente ligada a la URSS mediante nuevas y flexibles relaciones de soberanía limitada; una Europa central constituida por un área alemana condicionada en clave neutralista a la URSS, bien a través de medios negativos (por ejemplo, la reunificación alemana) o positivos (intercambios económicos y situación de interlocutor político privilegiado, como ya está ocurriendo), y una Europa atlántica con poderes diezmados.

Este escenario encierra múltiples riesgos para la Comunidad Europea. El más importante entre ellos es el fenómeno de la atracción hacia el Este de la República Federal de Alemania. Con una Alemania vinculada y seducida por una recentralización política favorecida desde Moscú, la Comunidad Europea perdería gran parte de su potencial político integrador.

La solución de este problema puede hallarse tan sólo mediante la imposición inmediata de un control político sobre la pretensión de supervivencia del área de influencia soviética garantizando la autonomía nacional completa a los países del Este que culminan la transición política.

La negociación con Moscú de tales garantías puede basarse, bien en el intercambio económico (en positivo), bien en la amenaza de apoyar el movimiento de transformación en Estados nacionales de las actuales repúblicas soviéticas no rusas (en negativo).

Este tipo de acción política sólo puede ser emprendido por la Comunidad Europea como un todo y constituye la más urgente de las prioridades para la supervivencia política de la propia Comunidad (considerando asimismo que Estados Unidos, en este punto, podría tener intereses contrapuestos con los de la Comunidad).

2. El caso de la acción de Francia en Líbano para tutelar el componente cristiano plantea otro problema de fondo a la Comunidad Europea. Esta iniciativa se adopta mediante un método equivocado. Francia obra como Estado nacional. Pero, en este tipo de situaciones, la solución del problema tan sólo puede basarse en una proyección de poder -bien diplomático, bien militar- de toda la Comunidad unida.La solución del caso libanés, de hecho, sólo puede activarse desarmando a las facciones en lucha, obligando a Siria a retirarse militarmente y vinculando a Israel, Irán, Irak... a una política de no intervención, de 1:brma que se pueda garantizar la formación de un Estado federal capaz de resolver políticamente el problema de la diversidad reinante en su seno. Pero, para alcanzar este objetivo, la acción internacional necesaria reviste una complejidad enorme. Los aspectos militares y políticos deben ser acordados, de hecho, con Estados Unidos, la Unión Soviética, los principales países de Oriente Próximo y en el seno de la ONU, mediante modalidades que respeten los intereses y los vínculos de cada uno, suavizándolos. Frente a esta complejidad, una acción limitada está abocada a fracasar (como fracasaron anteriormente las intervenciones limitadas de Francia, Italia, Reino Unido y Estados Unidos) y a crear más problemas de los que resuelva (en este caso existe incluso el riesgo de que renazca el conflicto histórico entre el islam y el mundo cristiano). Es, por tanto, imperioso que la Comunidad se dote de un sistema de reglas e instrumentos para regir sus intervenciones de policía internacional.

En lo que respecta a las reglas, debe alcanzarse un compromiso por el cual la intervención militar de un país de la Comunidad sea acordado entre todos y, sobre todo, organizado mediante la movilización de todo el complejo diplomático y militar de la propia Comunidad.

En lo referente a los instrumentos, cada país de la Comunidad debería dotarse de medios militares adecuados para participar en las tareas comunes de policía internacional. Esta prioridad significa, para cada uno de los países europeos, reducir en parte los medios militares dedicados a defenderse del Este y utilizar los recursos así liberados para elaborar nuevos sistemas ofensivos convencionales de largo alcance (satélites para el control informativo remoto, fuerzas ole intervención rápida, sistemas de superioridad aérea y naval en zonas lejanas, logística, alta movilidad).

3. Una tercera prioridad la constituye la urgencia de diseñar una línea política en relación a los países del Tercer Mundo.

Es hora de decir la verdad. Estos países no se están desarrollando y, ante el actual estado de cosas, jamás lo harán. Parte de las causas del subdesarrollo permanente son estructurales y dificilmente modificables. Pero, en su mayoría, se deben al hecho de que estos países están gobernados por elites políticas incapaces, a menudo delincuentes y corruptas.

Los países de la Comunidad, a través de ayudas directas o mediante créditos quejamás serán reembolsados, están financiando la supervivencia. de Gobiernos inadecuados, criminales y dictatoriales.

A fin de rediseñar una política de desarrollo global es imprescindible dejar de alimentar este si stema de subdesarrollo y endeudamiento endémicos.

La Comunidad no puede y no debe practicar una política neocolonial. Pero puede y debe dotarse de un código unitario para vincular el respeto a las normas democráticas y de racionalidad económica a su polítíca de ayudas y créditos respecto a estos países, seleccioilando de hecho los comportamientos, es decir, el acceso a los recursos crediticios y de cooperación. Sin este código selectivo en la política Norte-Sur no caben esperanzas de alcanzar las condiciones políticas necesarias para el desarrollo de 2.000 millones de habitantes del planeta.

Otros temas, tales como el ecológico y el energético, así como el de la integración económica con Estados Unidos y Japón, deben formar parte de la agenda de prioridades de la política exterior de Europa. Pero éstos forman parte de un conjunto de problemas más sofisticados que no pueden resolverse en la Comunidad sin la solución preventiva de los ya apuntados como más urgentes.

El mundo necesita una revolución neoburguesa y un neohumanismo. Vuelve a ser tarea de los europeos el enunciarla y protagonizarla en el mareo de una Europa más conoceclora de los requisitos estratégicos, políticos y éticos para la supervivencia de su propio desarrollo.

es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gonzia (ISIG, Italia) y profesor de Teoría de Sistemas de la universidad de Georgia (Estados Unidos).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de septiembre de 1989

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Carlo A. Pelanda
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El Pais

1989-9-6

6/9/1989

CARLO PELANDA Demasiadas Europas

Lo que está acaeciendo allende las fronteras de Europa occidental exige urgentemente que la Comunidad Europea no espere a solucionar sus dilemas de integración interna para formular un proyecto unitario de política exterior común.1. Los acontecimientos polacos han venido finalmente a aclarar cuál será, muy probablemente, la política internacional de la URSS en el futuro.

 

A los diversos países del viejo imperio soviético se les otorgará -en ciertos casos, regalará- la autonomía política interna, pero se les exigirá una sólida alianza -esto es, dependencia- estratégica con Moscú, renovando así la esencia de la soberanía limitada.

La modernización política de los países satélites -y de la propia Unión Soviética- permitirá a Moscú mantener un área de influencia propia libre de los costes y de los problemas que conllevaba el mantenimiento de un imperio al viejo estilo.

La Comunidad Europea no se encuentra, por tanto, frente a la disolución del sistema imperial de la Unión Soviética, sino al intento de reconstruirlo a través de un proceso de renovación de su forma política.

En la nueva configuración, según se vislumbra, el nuevo imperio soviético dejará de ser un competidor militar de Occidente para transformarse en un competidor político en el seno del propio Occidente.

Esta eventual evolución tiene múltiples aspectos positivos. Sin embargo, para la Comunidad esto implica un límite considerable a su expansión y a su propio desarrollo.

Ante todo, se adivina un posible orden europeo favorable a Moscú: las tres Europas. Una Europa estratégicamente ligada a la URSS mediante nuevas y flexibles relaciones de soberanía limitada; una Europa central constituida por un área alemana condicionada en clave neutralista a la URSS, bien a través de medios negativos (por ejemplo, la reunificación alemana) o positivos (intercambios económicos y situación de interlocutor político privilegiado, como ya está ocurriendo), y una Europa atlántica con poderes diezmados.

Este escenario encierra múltiples riesgos para la Comunidad Europea. El más importante entre ellos es el fenómeno de la atracción hacia el Este de la República Federal de Alemania. Con una Alemania vinculada y seducida por una recentralización política favorecida desde Moscú, la Comunidad Europea perdería gran parte de su potencial político integrador.

La solución de este problema puede hallarse tan sólo mediante la imposición inmediata de un control político sobre la pretensión de supervivencia del área de influencia soviética garantizando la autonomía nacional completa a los países del Este que culminan la transición política.

La negociación con Moscú de tales garantías puede basarse, bien en el intercambio económico (en positivo), bien en la amenaza de apoyar el movimiento de transformación en Estados nacionales de las actuales repúblicas soviéticas no rusas (en negativo).

Este tipo de acción política sólo puede ser emprendido por la Comunidad Europea como un todo y constituye la más urgente de las prioridades para la supervivencia política de la propia Comunidad (considerando asimismo que Estados Unidos, en este punto, podría tener intereses contrapuestos con los de la Comunidad).

2. El caso de la acción de Francia en Líbano para tutelar el componente cristiano plantea otro problema de fondo a la Comunidad Europea. Esta iniciativa se adopta mediante un método equivocado. Francia obra como Estado nacional. Pero, en este tipo de situaciones, la solución del problema tan sólo puede basarse en una proyección de poder -bien diplomático, bien militar- de toda la Comunidad unida.La solución del caso libanés, de hecho, sólo puede activarse desarmando a las facciones en lucha, obligando a Siria a retirarse militarmente y vinculando a Israel, Irán, Irak... a una política de no intervención, de 1:brma que se pueda garantizar la formación de un Estado federal capaz de resolver políticamente el problema de la diversidad reinante en su seno. Pero, para alcanzar este objetivo, la acción internacional necesaria reviste una complejidad enorme. Los aspectos militares y políticos deben ser acordados, de hecho, con Estados Unidos, la Unión Soviética, los principales países de Oriente Próximo y en el seno de la ONU, mediante modalidades que respeten los intereses y los vínculos de cada uno, suavizándolos. Frente a esta complejidad, una acción limitada está abocada a fracasar (como fracasaron anteriormente las intervenciones limitadas de Francia, Italia, Reino Unido y Estados Unidos) y a crear más problemas de los que resuelva (en este caso existe incluso el riesgo de que renazca el conflicto histórico entre el islam y el mundo cristiano). Es, por tanto, imperioso que la Comunidad se dote de un sistema de reglas e instrumentos para regir sus intervenciones de policía internacional.

En lo que respecta a las reglas, debe alcanzarse un compromiso por el cual la intervención militar de un país de la Comunidad sea acordado entre todos y, sobre todo, organizado mediante la movilización de todo el complejo diplomático y militar de la propia Comunidad.

En lo referente a los instrumentos, cada país de la Comunidad debería dotarse de medios militares adecuados para participar en las tareas comunes de policía internacional. Esta prioridad significa, para cada uno de los países europeos, reducir en parte los medios militares dedicados a defenderse del Este y utilizar los recursos así liberados para elaborar nuevos sistemas ofensivos convencionales de largo alcance (satélites para el control informativo remoto, fuerzas ole intervención rápida, sistemas de superioridad aérea y naval en zonas lejanas, logística, alta movilidad).

3. Una tercera prioridad la constituye la urgencia de diseñar una línea política en relación a los países del Tercer Mundo.

Es hora de decir la verdad. Estos países no se están desarrollando y, ante el actual estado de cosas, jamás lo harán. Parte de las causas del subdesarrollo permanente son estructurales y dificilmente modificables. Pero, en su mayoría, se deben al hecho de que estos países están gobernados por elites políticas incapaces, a menudo delincuentes y corruptas.

Los países de la Comunidad, a través de ayudas directas o mediante créditos quejamás serán reembolsados, están financiando la supervivencia. de Gobiernos inadecuados, criminales y dictatoriales.

A fin de rediseñar una política de desarrollo global es imprescindible dejar de alimentar este si stema de subdesarrollo y endeudamiento endémicos.

La Comunidad no puede y no debe practicar una política neocolonial. Pero puede y debe dotarse de un código unitario para vincular el respeto a las normas democráticas y de racionalidad económica a su polítíca de ayudas y créditos respecto a estos países, seleccioilando de hecho los comportamientos, es decir, el acceso a los recursos crediticios y de cooperación. Sin este código selectivo en la política Norte-Sur no caben esperanzas de alcanzar las condiciones políticas necesarias para el desarrollo de 2.000 millones de habitantes del planeta.

Otros temas, tales como el ecológico y el energético, así como el de la integración económica con Estados Unidos y Japón, deben formar parte de la agenda de prioridades de la política exterior de Europa. Pero éstos forman parte de un conjunto de problemas más sofisticados que no pueden resolverse en la Comunidad sin la solución preventiva de los ya apuntados como más urgentes.

El mundo necesita una revolución neoburguesa y un neohumanismo. Vuelve a ser tarea de los europeos el enunciarla y protagonizarla en el mareo de una Europa más conoceclora de los requisitos estratégicos, políticos y éticos para la supervivencia de su propio desarrollo.

es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gonzia (ISIG, Italia) y profesor de Teoría de Sistemas de la universidad de Georgia (Estados Unidos).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de septiembre de 1989

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