señores de la guerra somalíes y sentarles en torno a una mesa forzándoles a llegar a un acuerdo negociado mediante financiaciones condicionadas a su comportamiento positivo. Ello implica un coste, pero muy inferior al generado por una ocupación militar y una relativa construcción de un protectorado de la ONU.

Por tanto, la cuestión somalí está planteada en los siguientes términos:

- Proseguir la acción militar no tiene sentido, porque implica una escalada peligrosa y costosa.

- La retirada no es posible, porque la ONU perdería credibilidad y fuerza disuasiva.

- Sólo resta una solución política.

Para posibilitar esta salida hay que reducir el perfil militar de la misión de la ONU. Ello puede conseguirse limitándose a crear un distrito ONU en Mogadiscio que comprenda el puerto, el aeropuerto y las infraestructuras necesarias para mantener a la población civil. Así, la ONU sería contemplada como una parte políticamente neutral y no como un elemento envuelto directamente en los conflictos locales.

Sobre la base de esta reducción del perfil militar, la intervención de la ONU podría concentrarse en la acción política desarrollando una agenda de soluciones en tres fases: desarme acordado entre las partes a cambio de apoyos financieros; formación de una red administrativa y de servicios esenciales en el territorio somalí con la asistencia de organismos técnicos de la ONU, y convocatoria de una conferencia constituyente de la nueva Somalia.

Obviamente, este escenario está plagado de dificultades. Sin duda, esta solución jamás se ha contemplado seriamente debido a la confusa definición de los objetivos políticos de UNOSOM y al vicio original de toda la operación, diseñada de forma abiertamente militar por Estados Unidos para compensar su falta de voluntad para intervenir en Bosnia.

El caso somalí no necesita de una guerra para ser resuelto y, por tanto, es del todo inútil mantener una presencia militar superior a la que se requiere para defender una pequeña área de aprovisionamiento y de organización logística con fines civiles.

Por ello, es necesario crear urgentemente una misión UNOSOM 2 que sustituya a UNOSOM 1 y que desmovilice el actual aparato militar de la ONU dejando en Somalia tan sólo el potencial militar estrictamente necesario para garantizar la logística y la distribución de los recursos. Paralelamente, bajo la bandera de la ONU, debe constituirse una conferencia permanente de los dirigentes somalíes con vistas a la creación progresiva de un régimen de acuerdos, así como un fondo capaz de financiar de forma condicional los pasos encaminados a la estabilización.

En resumen, la misión en Somalia debe suspenderse en su configuración actual y debe partir de nuevo desde cero. Sólo así se podrá favorecer, hoy por hoy, el retorno a una gestión racional del caso somalí.

Para evitar en el futuro errores similares a los cometidos en Somalia convendría abrir una investigación sobre la actuación del secretario general de la ONU, de sus más estrechos colaboradores y del almirante Johathan Howe, enviado especial de Butros Butros Gali en Somalia. Y es que, en este caso, son demasiados los hechos oscuros, y la comunidad internacional tiene el derecho y el deber de indagar a fin de que la credibilidad de la ONU vaya en aumento en vez de disminuir, tal como ocurre en estos momentos.

es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de julio de 1993

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Por tanto, la cuestión somalí está planteada en los siguientes términos:

- Proseguir la acción militar no tiene sentido, porque implica una escalada peligrosa y costosa.

- La retirada no es posible, porque la ONU perdería credibilidad y fuerza disuasiva.

- Sólo resta una solución política.

Para posibilitar esta salida hay que reducir el perfil militar de la misión de la ONU. Ello puede conseguirse limitándose a crear un distrito ONU en Mogadiscio que comprenda el puerto, el aeropuerto y las infraestructuras necesarias para mantener a la población civil. Así, la ONU sería contemplada como una parte políticamente neutral y no como un elemento envuelto directamente en los conflictos locales.

Sobre la base de esta reducción del perfil militar, la intervención de la ONU podría concentrarse en la acción política desarrollando una agenda de soluciones en tres fases: desarme acordado entre las partes a cambio de apoyos financieros; formación de una red administrativa y de servicios esenciales en el territorio somalí con la asistencia de organismos técnicos de la ONU, y convocatoria de una conferencia constituyente de la nueva Somalia.

Obviamente, este escenario está plagado de dificultades. Sin duda, esta solución jamás se ha contemplado seriamente debido a la confusa definición de los objetivos políticos de UNOSOM y al vicio original de toda la operación, diseñada de forma abiertamente militar por Estados Unidos para compensar su falta de voluntad para intervenir en Bosnia.

El caso somalí no necesita de una guerra para ser resuelto y, por tanto, es del todo inútil mantener una presencia militar superior a la que se requiere para defender una pequeña área de aprovisionamiento y de organización logística con fines civiles.

Por ello, es necesario crear urgentemente una misión UNOSOM 2 que sustituya a UNOSOM 1 y que desmovilice el actual aparato militar de la ONU dejando en Somalia tan sólo el potencial militar estrictamente necesario para garantizar la logística y la distribución de los recursos. Paralelamente, bajo la bandera de la ONU, debe constituirse una conferencia permanente de los dirigentes somalíes con vistas a la creación progresiva de un régimen de acuerdos, así como un fondo capaz de financiar de forma condicional los pasos encaminados a la estabilización.

En resumen, la misión en Somalia debe suspenderse en su configuración actual y debe partir de nuevo desde cero. Sólo así se podrá favorecer, hoy por hoy, el retorno a una gestión racional del caso somalí.

Para evitar en el futuro errores similares a los cometidos en Somalia convendría abrir una investigación sobre la actuación del secretario general de la ONU, de sus más estrechos colaboradores y del almirante Johathan Howe, enviado especial de Butros Butros Gali en Somalia. Y es que, en este caso, son demasiados los hechos oscuros, y la comunidad internacional tiene el derecho y el deber de indagar a fin de que la credibilidad de la ONU vaya en aumento en vez de disminuir, tal como ocurre en estos momentos.

es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de julio de 1993

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Por tanto, la cuestión somalí está planteada en los siguientes términos:

- Proseguir la acción militar no tiene sentido, porque implica una escalada peligrosa y costosa.

- La retirada no es posible, porque la ONU perdería credibilidad y fuerza disuasiva.

- Sólo resta una solución política.

Para posibilitar esta salida hay que reducir el perfil militar de la misión de la ONU. Ello puede conseguirse limitándose a crear un distrito ONU en Mogadiscio que comprenda el puerto, el aeropuerto y las infraestructuras necesarias para mantener a la población civil. Así, la ONU sería contemplada como una parte políticamente neutral y no como un elemento envuelto directamente en los conflictos locales.

Sobre la base de esta reducción del perfil militar, la intervención de la ONU podría concentrarse en la acción política desarrollando una agenda de soluciones en tres fases: desarme acordado entre las partes a cambio de apoyos financieros; formación de una red administrativa y de servicios esenciales en el territorio somalí con la asistencia de organismos técnicos de la ONU, y convocatoria de una conferencia constituyente de la nueva Somalia.

Obviamente, este escenario está plagado de dificultades. Sin duda, esta solución jamás se ha contemplado seriamente debido a la confusa definición de los objetivos políticos de UNOSOM y al vicio original de toda la operación, diseñada de forma abiertamente militar por Estados Unidos para compensar su falta de voluntad para intervenir en Bosnia.

El caso somalí no necesita de una guerra para ser resuelto y, por tanto, es del todo inútil mantener una presencia militar superior a la que se requiere para defender una pequeña área de aprovisionamiento y de organización logística con fines civiles.

Por ello, es necesario crear urgentemente una misión UNOSOM 2 que sustituya a UNOSOM 1 y que desmovilice el actual aparato militar de la ONU dejando en Somalia tan sólo el potencial militar estrictamente necesario para garantizar la logística y la distribución de los recursos. Paralelamente, bajo la bandera de la ONU, debe constituirse una conferencia permanente de los dirigentes somalíes con vistas a la creación progresiva de un régimen de acuerdos, así como un fondo capaz de financiar de forma condicional los pasos encaminados a la estabilización.

En resumen, la misión en Somalia debe suspenderse en su configuración actual y debe partir de nuevo desde cero. Sólo así se podrá favorecer, hoy por hoy, el retorno a una gestión racional del caso somalí.

Para evitar en el futuro errores similares a los cometidos en Somalia convendría abrir una investigación sobre la actuación del secretario general de la ONU, de sus más estrechos colaboradores y del almirante Johathan Howe, enviado especial de Butros Butros Gali en Somalia. Y es que, en este caso, son demasiados los hechos oscuros, y la comunidad internacional tiene el derecho y el deber de indagar a fin de que la credibilidad de la ONU vaya en aumento en vez de disminuir, tal como ocurre en estos momentos.

es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de julio de 1993

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Carlo A. Pelanda
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El Pais

1993-7-22

22/7/1993

Partir de cero

La intervención de la ONU en Somalia está rodeada de tal serie de ficciones y errores que no puede continuar así. Hay que clarificar los objetivos y redefinir los medios para alcanzarlos. La misión ha perdido su carácter de "intervención humanitaria" en cuanto que prevalecen los enfrentamientos entre las bandas. Mantener la misión UNOSOM en términos militares es imposible sin una ocupación a gran escala de Somalia. Pero ello requeriría no menos de 140.000 soldados, 200 helicópteros, un sustancial apoyo aeronaval y una enorme organización logística.Si no se desea pagar tan alto precio quedan dos alternativas: abandonar el lugar o favorecer una solución política. Esta segunda hipótesis debe perseguirse de forma pragmática: reconocer el poder de los señores de la guerra somalíes y sentarles en torno a una mesa forzándoles a llegar a un acuerdo negociado mediante financiaciones condicionadas a su comportamiento positivo. Ello implica un coste, pero muy inferior al generado por una ocupación militar y una relativa construcción de un protectorado de la ONU.

Por tanto, la cuestión somalí está planteada en los siguientes términos:

- Proseguir la acción militar no tiene sentido, porque implica una escalada peligrosa y costosa.

- La retirada no es posible, porque la ONU perdería credibilidad y fuerza disuasiva.

- Sólo resta una solución política.

Para posibilitar esta salida hay que reducir el perfil militar de la misión de la ONU. Ello puede conseguirse limitándose a crear un distrito ONU en Mogadiscio que comprenda el puerto, el aeropuerto y las infraestructuras necesarias para mantener a la población civil. Así, la ONU sería contemplada como una parte políticamente neutral y no como un elemento envuelto directamente en los conflictos locales.

Sobre la base de esta reducción del perfil militar, la intervención de la ONU podría concentrarse en la acción política desarrollando una agenda de soluciones en tres fases: desarme acordado entre las partes a cambio de apoyos financieros; formación de una red administrativa y de servicios esenciales en el territorio somalí con la asistencia de organismos técnicos de la ONU, y convocatoria de una conferencia constituyente de la nueva Somalia.

Obviamente, este escenario está plagado de dificultades. Sin duda, esta solución jamás se ha contemplado seriamente debido a la confusa definición de los objetivos políticos de UNOSOM y al vicio original de toda la operación, diseñada de forma abiertamente militar por Estados Unidos para compensar su falta de voluntad para intervenir en Bosnia.

El caso somalí no necesita de una guerra para ser resuelto y, por tanto, es del todo inútil mantener una presencia militar superior a la que se requiere para defender una pequeña área de aprovisionamiento y de organización logística con fines civiles.

Por ello, es necesario crear urgentemente una misión UNOSOM 2 que sustituya a UNOSOM 1 y que desmovilice el actual aparato militar de la ONU dejando en Somalia tan sólo el potencial militar estrictamente necesario para garantizar la logística y la distribución de los recursos. Paralelamente, bajo la bandera de la ONU, debe constituirse una conferencia permanente de los dirigentes somalíes con vistas a la creación progresiva de un régimen de acuerdos, así como un fondo capaz de financiar de forma condicional los pasos encaminados a la estabilización.

En resumen, la misión en Somalia debe suspenderse en su configuración actual y debe partir de nuevo desde cero. Sólo así se podrá favorecer, hoy por hoy, el retorno a una gestión racional del caso somalí.

Para evitar en el futuro errores similares a los cometidos en Somalia convendría abrir una investigación sobre la actuación del secretario general de la ONU, de sus más estrechos colaboradores y del almirante Johathan Howe, enviado especial de Butros Butros Gali en Somalia. Y es que, en este caso, son demasiados los hechos oscuros, y la comunidad internacional tiene el derecho y el deber de indagar a fin de que la credibilidad de la ONU vaya en aumento en vez de disminuir, tal como ocurre en estos momentos.

es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de julio de 1993

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