Ahora se invoca este principio para negarle la independencia a los entes nacionales que han decidido transformarse en Estados independientes. Se desea que Europa del Este mantenga la misma configuración que tuvo bajo el dominio del imperio soviético. Se desea asimismo que la URSS no se desintegre. Se desea, en resumen, que la situación quede congelada tal como estaba.

Este deseo, particularmente de los europeos, es comprensible desde el punto de vista del realismo. Un conflicto entre serbios y croatas podría tener como consecuencia un masivo flujo migratorio hacia Europa occidental y peligrosas implicaciones para la CE. El estallido de conflictos independentistas en el seno del imperio soviético comporta el riesgo tanto de una devastación a gran escala (complicada por la densidad del factor nuclear) como del retorno político de la derecha al frente de un sistema político-militar cuya capacidad estratégica permanece casi intacta a pesar de la crisis que le sacude.

Mediante la aplicación sin excepciones del principio de congelación de los límites territoriales, los europeos occidentales pretenden evitar que se siente un precedente de reconocimiento de independencia que implique un cambio de las fronteras ya existentes en la zona continental. Temen un efecto en cadena que provoque la separación entre checos y eslovacos, el movimiento de reunificación con la madre patria de la minoría húngara en Rumania y de la rumana en la URSS, por no hablar de la alemana en Polonia y de la turca en Bulgaria. Temen asimismo un resurgir del separatismo regional en Occidente: en Italia, España, Francia (Córcega). Por tanto, se ha decidido que antes que correr tal riesgo de neonacionalismo regional es mejor congelar la situación tal como está.

Existen asimismo otros motivos de carácter más general para la congelación que pueden sintentizarse así: permitir que se genere inestabilidad en Europa puede favorecer tanto a norteamericanos como a soviéticos en el plano de la negociación competitiva con la naciente Comunidad política europea; la regionalización de Europa obstaculizaría los requisitos de la desnacionalización de los procesos de mercado.

¿Es útil?

Todas estas razones a favor de la congelación de las fronteras y la consecuente represión indirecta de las voluntades independentistas en el Este son aceptables desde un punto de vista pragmático. Pero, ¿estamos seguros de que esta actitud vaya a ser la más útil?

Existen casos en Europa del Este en los que congelar la situación equivale a aumentar la probabilidad de un conflicto en vez de disminuirla. En Eslovenia y Croacia la población desea la independencia no tanto de cara a pasiones étnicas, sino para poder desembarazarse de las condiciones de subdesarrollo destinadas a perpetuarse en un sistema yugoslavo en descomposición. Lo mismo puede decirse de los países bálticos y de todas aquellas repúblicas soviéticas que desean aligerarse del peso de una URSS en plena catástrofe económica. En estos casos el conflicto viene alimentado por la creciente pobreza de quienes -y esto es lo importante- poseen todo el potencial para desarrollarse, y muy rápidamente.

Todos estos casos se caracterizan por la secesión de las partes desarrolladas de países destrozados, que tan sólo a través de la independencia pueden conseguir salvarse del subdesarrollo endémico. Hasta que estos pueblos no conquisten un contexto de desarrollo es evidente que no dejarán de ser conflictivos en potencia. Por tanto, es razonable preguntarse si la extrema prudencia con la que los occidentales están tratando el problema no constituye más bien un factor de inestabilidad que uno de estabilidad.

Por otra parte, es evidente que es mucho más fácil controlar un conflicto entre Estados que uno de carácter interno en el seno de un Estado. Entre Estados siempre es posible encontrar los recursos para la pacificación en el marco de negociaciones avaladas por la comunidad internacional, mientras que en el caso de conflictos internos siempre existe la complicación formal y factual del principio de no injerencia.

Es probable que los europeos occidentales estén equivocándose al mantener de forma absoluta la congelación de los sistemas nacionales en el Este, por más que lo hagan en base a múltiples y realistas motivos de prudencia. Se equivocan, porque tal prudencia no es selectiva. En algunos casos es necesario optar por la congelación para evitar males mayores. Pero existen otros en los que la descongelación puede ser positiva. En el caso de las dos Yugoslavias, la del Norte está en condiciones de alcanzar en muy pocos años el grado de desarrollo de Europa occidental, para extender después al sureste el efecto evolutivo del mercado.

Ayuda a los conservadores

En general, el enfoque de la política comunitaria respecto al Este no puede basarse sólo en la congelación. Si así se hace, el dinero comunitario irá a alimentar (sin retorno alguno) la inercia de los sistemas políticos incapaces de desarrollarse. Ha llegado el momento de reconocer una situación excepcional en la que Occidente pueda actuar como garante de la autonomía de zonas nacionales en el caso de que se reconozca que tan sólo dicha autonomía -deseada por la mayoría de los interesados- pueda resolver sus problemas de desarrollo. Los instrumentos de negociación para una mayor selectividad ante las situaciones existentes en el Este son los siguientes: contenedores formales, como la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), y el dinero movilizable de la comunidad occidental. Estos fondos deben empezar a transformarse en inversiones políticas y no sólo en impuestos asistenciales a favor, de hecho, de los conservadores.

Carlo Pelanda es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de julio de 1991

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Ahora se invoca este principio para negarle la independencia a los entes nacionales que han decidido transformarse en Estados independientes. Se desea que Europa del Este mantenga la misma configuración que tuvo bajo el dominio del imperio soviético. Se desea asimismo que la URSS no se desintegre. Se desea, en resumen, que la situación quede congelada tal como estaba.

Este deseo, particularmente de los europeos, es comprensible desde el punto de vista del realismo. Un conflicto entre serbios y croatas podría tener como consecuencia un masivo flujo migratorio hacia Europa occidental y peligrosas implicaciones para la CE. El estallido de conflictos independentistas en el seno del imperio soviético comporta el riesgo tanto de una devastación a gran escala (complicada por la densidad del factor nuclear) como del retorno político de la derecha al frente de un sistema político-militar cuya capacidad estratégica permanece casi intacta a pesar de la crisis que le sacude.

Mediante la aplicación sin excepciones del principio de congelación de los límites territoriales, los europeos occidentales pretenden evitar que se siente un precedente de reconocimiento de independencia que implique un cambio de las fronteras ya existentes en la zona continental. Temen un efecto en cadena que provoque la separación entre checos y eslovacos, el movimiento de reunificación con la madre patria de la minoría húngara en Rumania y de la rumana en la URSS, por no hablar de la alemana en Polonia y de la turca en Bulgaria. Temen asimismo un resurgir del separatismo regional en Occidente: en Italia, España, Francia (Córcega). Por tanto, se ha decidido que antes que correr tal riesgo de neonacionalismo regional es mejor congelar la situación tal como está.

Existen asimismo otros motivos de carácter más general para la congelación que pueden sintentizarse así: permitir que se genere inestabilidad en Europa puede favorecer tanto a norteamericanos como a soviéticos en el plano de la negociación competitiva con la naciente Comunidad política europea; la regionalización de Europa obstaculizaría los requisitos de la desnacionalización de los procesos de mercado.

¿Es útil?

Todas estas razones a favor de la congelación de las fronteras y la consecuente represión indirecta de las voluntades independentistas en el Este son aceptables desde un punto de vista pragmático. Pero, ¿estamos seguros de que esta actitud vaya a ser la más útil?

Existen casos en Europa del Este en los que congelar la situación equivale a aumentar la probabilidad de un conflicto en vez de disminuirla. En Eslovenia y Croacia la población desea la independencia no tanto de cara a pasiones étnicas, sino para poder desembarazarse de las condiciones de subdesarrollo destinadas a perpetuarse en un sistema yugoslavo en descomposición. Lo mismo puede decirse de los países bálticos y de todas aquellas repúblicas soviéticas que desean aligerarse del peso de una URSS en plena catástrofe económica. En estos casos el conflicto viene alimentado por la creciente pobreza de quienes -y esto es lo importante- poseen todo el potencial para desarrollarse, y muy rápidamente.

Todos estos casos se caracterizan por la secesión de las partes desarrolladas de países destrozados, que tan sólo a través de la independencia pueden conseguir salvarse del subdesarrollo endémico. Hasta que estos pueblos no conquisten un contexto de desarrollo es evidente que no dejarán de ser conflictivos en potencia. Por tanto, es razonable preguntarse si la extrema prudencia con la que los occidentales están tratando el problema no constituye más bien un factor de inestabilidad que uno de estabilidad.

Por otra parte, es evidente que es mucho más fácil controlar un conflicto entre Estados que uno de carácter interno en el seno de un Estado. Entre Estados siempre es posible encontrar los recursos para la pacificación en el marco de negociaciones avaladas por la comunidad internacional, mientras que en el caso de conflictos internos siempre existe la complicación formal y factual del principio de no injerencia.

Es probable que los europeos occidentales estén equivocándose al mantener de forma absoluta la congelación de los sistemas nacionales en el Este, por más que lo hagan en base a múltiples y realistas motivos de prudencia. Se equivocan, porque tal prudencia no es selectiva. En algunos casos es necesario optar por la congelación para evitar males mayores. Pero existen otros en los que la descongelación puede ser positiva. En el caso de las dos Yugoslavias, la del Norte está en condiciones de alcanzar en muy pocos años el grado de desarrollo de Europa occidental, para extender después al sureste el efecto evolutivo del mercado.

Ayuda a los conservadores

En general, el enfoque de la política comunitaria respecto al Este no puede basarse sólo en la congelación. Si así se hace, el dinero comunitario irá a alimentar (sin retorno alguno) la inercia de los sistemas políticos incapaces de desarrollarse. Ha llegado el momento de reconocer una situación excepcional en la que Occidente pueda actuar como garante de la autonomía de zonas nacionales en el caso de que se reconozca que tan sólo dicha autonomía -deseada por la mayoría de los interesados- pueda resolver sus problemas de desarrollo. Los instrumentos de negociación para una mayor selectividad ante las situaciones existentes en el Este son los siguientes: contenedores formales, como la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), y el dinero movilizable de la comunidad occidental. Estos fondos deben empezar a transformarse en inversiones políticas y no sólo en impuestos asistenciales a favor, de hecho, de los conservadores.

Carlo Pelanda es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de julio de 1991

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Ahora se invoca este principio para negarle la independencia a los entes nacionales que han decidido transformarse en Estados independientes. Se desea que Europa del Este mantenga la misma configuración que tuvo bajo el dominio del imperio soviético. Se desea asimismo que la URSS no se desintegre. Se desea, en resumen, que la situación quede congelada tal como estaba.

Este deseo, particularmente de los europeos, es comprensible desde el punto de vista del realismo. Un conflicto entre serbios y croatas podría tener como consecuencia un masivo flujo migratorio hacia Europa occidental y peligrosas implicaciones para la CE. El estallido de conflictos independentistas en el seno del imperio soviético comporta el riesgo tanto de una devastación a gran escala (complicada por la densidad del factor nuclear) como del retorno político de la derecha al frente de un sistema político-militar cuya capacidad estratégica permanece casi intacta a pesar de la crisis que le sacude.

Mediante la aplicación sin excepciones del principio de congelación de los límites territoriales, los europeos occidentales pretenden evitar que se siente un precedente de reconocimiento de independencia que implique un cambio de las fronteras ya existentes en la zona continental. Temen un efecto en cadena que provoque la separación entre checos y eslovacos, el movimiento de reunificación con la madre patria de la minoría húngara en Rumania y de la rumana en la URSS, por no hablar de la alemana en Polonia y de la turca en Bulgaria. Temen asimismo un resurgir del separatismo regional en Occidente: en Italia, España, Francia (Córcega). Por tanto, se ha decidido que antes que correr tal riesgo de neonacionalismo regional es mejor congelar la situación tal como está.

Existen asimismo otros motivos de carácter más general para la congelación que pueden sintentizarse así: permitir que se genere inestabilidad en Europa puede favorecer tanto a norteamericanos como a soviéticos en el plano de la negociación competitiva con la naciente Comunidad política europea; la regionalización de Europa obstaculizaría los requisitos de la desnacionalización de los procesos de mercado.

¿Es útil?

Todas estas razones a favor de la congelación de las fronteras y la consecuente represión indirecta de las voluntades independentistas en el Este son aceptables desde un punto de vista pragmático. Pero, ¿estamos seguros de que esta actitud vaya a ser la más útil?

Existen casos en Europa del Este en los que congelar la situación equivale a aumentar la probabilidad de un conflicto en vez de disminuirla. En Eslovenia y Croacia la población desea la independencia no tanto de cara a pasiones étnicas, sino para poder desembarazarse de las condiciones de subdesarrollo destinadas a perpetuarse en un sistema yugoslavo en descomposición. Lo mismo puede decirse de los países bálticos y de todas aquellas repúblicas soviéticas que desean aligerarse del peso de una URSS en plena catástrofe económica. En estos casos el conflicto viene alimentado por la creciente pobreza de quienes -y esto es lo importante- poseen todo el potencial para desarrollarse, y muy rápidamente.

Todos estos casos se caracterizan por la secesión de las partes desarrolladas de países destrozados, que tan sólo a través de la independencia pueden conseguir salvarse del subdesarrollo endémico. Hasta que estos pueblos no conquisten un contexto de desarrollo es evidente que no dejarán de ser conflictivos en potencia. Por tanto, es razonable preguntarse si la extrema prudencia con la que los occidentales están tratando el problema no constituye más bien un factor de inestabilidad que uno de estabilidad.

Por otra parte, es evidente que es mucho más fácil controlar un conflicto entre Estados que uno de carácter interno en el seno de un Estado. Entre Estados siempre es posible encontrar los recursos para la pacificación en el marco de negociaciones avaladas por la comunidad internacional, mientras que en el caso de conflictos internos siempre existe la complicación formal y factual del principio de no injerencia.

Es probable que los europeos occidentales estén equivocándose al mantener de forma absoluta la congelación de los sistemas nacionales en el Este, por más que lo hagan en base a múltiples y realistas motivos de prudencia. Se equivocan, porque tal prudencia no es selectiva. En algunos casos es necesario optar por la congelación para evitar males mayores. Pero existen otros en los que la descongelación puede ser positiva. En el caso de las dos Yugoslavias, la del Norte está en condiciones de alcanzar en muy pocos años el grado de desarrollo de Europa occidental, para extender después al sureste el efecto evolutivo del mercado.

Ayuda a los conservadores

En general, el enfoque de la política comunitaria respecto al Este no puede basarse sólo en la congelación. Si así se hace, el dinero comunitario irá a alimentar (sin retorno alguno) la inercia de los sistemas políticos incapaces de desarrollarse. Ha llegado el momento de reconocer una situación excepcional en la que Occidente pueda actuar como garante de la autonomía de zonas nacionales en el caso de que se reconozca que tan sólo dicha autonomía -deseada por la mayoría de los interesados- pueda resolver sus problemas de desarrollo. Los instrumentos de negociación para una mayor selectividad ante las situaciones existentes en el Este son los siguientes: contenedores formales, como la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), y el dinero movilizable de la comunidad occidental. Estos fondos deben empezar a transformarse en inversiones políticas y no sólo en impuestos asistenciales a favor, de hecho, de los conservadores.

Carlo Pelanda es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de julio de 1991

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Carlo A. Pelanda
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El Pais

1991-7-1

1/7/1991

La congelación del Este

Occidente debería reconocer algunas excepciones en su regla de mantener, contra viento y marea, las fronteras existentes en el Este. Y muy concretamente en los casos de Eslovenia, Croacia y los países bálticos. Entre otras cosas, porque, según explica el autor, es mucho más fácil mediar en conflictos entre Estados que en los que se desencadenan en el seno de los Estados.

La Comunidad Europea y Estados Unidos niegan a los eslovenos y a los croatas el reconocimiento del derecho a la independencia de la Federación Yugoslava. Se lo niegan asimismo a los países bálticos ocupados por la URSS en 1940. A pesar de que la decisión ha sido adoptada por una gran mayoría popular mediante referéndum. Da la impresión de que Occidente está abandonando la primacía del principio de autodeterminación de los pueblos a favor del principio de la congelación absoluta de las fronteras (con la única excepción de la reunificación alemana).El principio de conservación de las fronteras establecidas es racional y necesario para la construcción y mantenimiento de un sistema de relaciones internacionales. Su aceptación, de hecho, obliga a cada Estado a renunciar a la guerra de ocupación territorial en forma directa o mediante el apoyo a movimientos de insurrección. Sobre el plano de los hechos, este principio se respeta gracias a una disuasión basada en la certeza de que la comunidad internacional intervendrá militarmente contra el Estado agresor (EE UU y los europeos se movilizaron contra Irak, entre otras cosas para mantener la disuasión en el plano general). Además de ser racional en referencia al mantenimiento de la paz, el principio es incluso práctico, ya que es mucho más fácil ponerse de acuerdo para mantener algo ya existente que algo que podría o debería existir como opción. Por ello, la conservación de las fronteras establecidas es el pilar fundamental de la comunidad internacional.

Ahora se invoca este principio para negarle la independencia a los entes nacionales que han decidido transformarse en Estados independientes. Se desea que Europa del Este mantenga la misma configuración que tuvo bajo el dominio del imperio soviético. Se desea asimismo que la URSS no se desintegre. Se desea, en resumen, que la situación quede congelada tal como estaba.

Este deseo, particularmente de los europeos, es comprensible desde el punto de vista del realismo. Un conflicto entre serbios y croatas podría tener como consecuencia un masivo flujo migratorio hacia Europa occidental y peligrosas implicaciones para la CE. El estallido de conflictos independentistas en el seno del imperio soviético comporta el riesgo tanto de una devastación a gran escala (complicada por la densidad del factor nuclear) como del retorno político de la derecha al frente de un sistema político-militar cuya capacidad estratégica permanece casi intacta a pesar de la crisis que le sacude.

Mediante la aplicación sin excepciones del principio de congelación de los límites territoriales, los europeos occidentales pretenden evitar que se siente un precedente de reconocimiento de independencia que implique un cambio de las fronteras ya existentes en la zona continental. Temen un efecto en cadena que provoque la separación entre checos y eslovacos, el movimiento de reunificación con la madre patria de la minoría húngara en Rumania y de la rumana en la URSS, por no hablar de la alemana en Polonia y de la turca en Bulgaria. Temen asimismo un resurgir del separatismo regional en Occidente: en Italia, España, Francia (Córcega). Por tanto, se ha decidido que antes que correr tal riesgo de neonacionalismo regional es mejor congelar la situación tal como está.

Existen asimismo otros motivos de carácter más general para la congelación que pueden sintentizarse así: permitir que se genere inestabilidad en Europa puede favorecer tanto a norteamericanos como a soviéticos en el plano de la negociación competitiva con la naciente Comunidad política europea; la regionalización de Europa obstaculizaría los requisitos de la desnacionalización de los procesos de mercado.

¿Es útil?

Todas estas razones a favor de la congelación de las fronteras y la consecuente represión indirecta de las voluntades independentistas en el Este son aceptables desde un punto de vista pragmático. Pero, ¿estamos seguros de que esta actitud vaya a ser la más útil?

Existen casos en Europa del Este en los que congelar la situación equivale a aumentar la probabilidad de un conflicto en vez de disminuirla. En Eslovenia y Croacia la población desea la independencia no tanto de cara a pasiones étnicas, sino para poder desembarazarse de las condiciones de subdesarrollo destinadas a perpetuarse en un sistema yugoslavo en descomposición. Lo mismo puede decirse de los países bálticos y de todas aquellas repúblicas soviéticas que desean aligerarse del peso de una URSS en plena catástrofe económica. En estos casos el conflicto viene alimentado por la creciente pobreza de quienes -y esto es lo importante- poseen todo el potencial para desarrollarse, y muy rápidamente.

Todos estos casos se caracterizan por la secesión de las partes desarrolladas de países destrozados, que tan sólo a través de la independencia pueden conseguir salvarse del subdesarrollo endémico. Hasta que estos pueblos no conquisten un contexto de desarrollo es evidente que no dejarán de ser conflictivos en potencia. Por tanto, es razonable preguntarse si la extrema prudencia con la que los occidentales están tratando el problema no constituye más bien un factor de inestabilidad que uno de estabilidad.

Por otra parte, es evidente que es mucho más fácil controlar un conflicto entre Estados que uno de carácter interno en el seno de un Estado. Entre Estados siempre es posible encontrar los recursos para la pacificación en el marco de negociaciones avaladas por la comunidad internacional, mientras que en el caso de conflictos internos siempre existe la complicación formal y factual del principio de no injerencia.

Es probable que los europeos occidentales estén equivocándose al mantener de forma absoluta la congelación de los sistemas nacionales en el Este, por más que lo hagan en base a múltiples y realistas motivos de prudencia. Se equivocan, porque tal prudencia no es selectiva. En algunos casos es necesario optar por la congelación para evitar males mayores. Pero existen otros en los que la descongelación puede ser positiva. En el caso de las dos Yugoslavias, la del Norte está en condiciones de alcanzar en muy pocos años el grado de desarrollo de Europa occidental, para extender después al sureste el efecto evolutivo del mercado.

Ayuda a los conservadores

En general, el enfoque de la política comunitaria respecto al Este no puede basarse sólo en la congelación. Si así se hace, el dinero comunitario irá a alimentar (sin retorno alguno) la inercia de los sistemas políticos incapaces de desarrollarse. Ha llegado el momento de reconocer una situación excepcional en la que Occidente pueda actuar como garante de la autonomía de zonas nacionales en el caso de que se reconozca que tan sólo dicha autonomía -deseada por la mayoría de los interesados- pueda resolver sus problemas de desarrollo. Los instrumentos de negociación para una mayor selectividad ante las situaciones existentes en el Este son los siguientes: contenedores formales, como la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), y el dinero movilizable de la comunidad occidental. Estos fondos deben empezar a transformarse en inversiones políticas y no sólo en impuestos asistenciales a favor, de hecho, de los conservadores.

Carlo Pelanda es profesor de Escenarios Estratégicos en la Universidad LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de julio de 1991

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