2. En parte, ésa es nuestra opinión; esta postura del Reino Unido viene determinada por la pretensión de regular el poder alemán sobre Europa. Si hoy, de hecho, se hiciese Europa, esta Europa sería un continente alemán.

Durante un milenio, como es sabido, el Reino Unido ha intentado evitar que un solo y gran poder imperial se afirmase en el continente europeo. Tal política, hoy vigente mediante una estrategia del rechazo y los vínculos privilegiados con Estados Unidos, incluye la pérdida de poderío internacional del Reino Unido.

En ciertos aspectos, el Reino Unido no se equivoca al oponerse a una Europa demasiado fácil bajo el dominio alemán. En otros sí se equivoca, porque la única manera de imbricar y regular la centralidad alemana sobre Europa consiste en obligar a la República Fede ral de Alemania (RFA) a ceder parte de su propia soberanía a una estructura política comunitaria.

Reunificación alemana

3. La Europa política (no la económica) está empezando a ser objetivamente menos interesante para Alemania. La derrota del imperio soviético, el enorme poder económico y la nueva centralidad alemana no sólo sobre Europa occidental, sino ante todo sobre Europa orienta¡, están ofreciendo a la RFA la posibilidad de reunificar a su propia nación y convertirla en el centro del equilibrio político entre el Este y el Oeste, todo ello con enormes ventajas.Pero para alcanzar este objetivo, la RFA debe abandonar la OTAN a fin de poder gozar de autonomía en su política hacia el Este, es decir, tener las manos libres para construir una esfera de influencia económica alemana desde Suecia a Turquía, desde Polonia a la Unión Soviética.

En el curso de esta fase histórica, los vínculos políticos con Europa occidental podrían ser vistos como dañinos por una Alemania que tiene la posibilidad de construirse a sí misma como la Europa. política y económica. Y todo apunta a que la tentación es muy fuerte (incluso por la posibilidad de negociar por sí solacon Estados Unidos y Japón la estructura del mercado internacional).

4. Para reducir esta tentación, los demás países de la Comunidad deben comprender cuanto antes la naturaleza del problema y proponer una acción política tanto ante la RFA como ante el Reino Unido con características tales que ambos países se vean abocados a la integración política y no sólo económica, en el ámbito comunitario.

Pero Francia, a pesar de su activismo de fachada, es pasiva y no goza de poder real. Italia y España disfrutan de una presencia europea más retórica que sustancial. Los demás, políticamente, no existen. De hecho, por tanto, una acción fuerte y convincente por parte de Francia, Italia y España para regular al Reino Unido y a la RFA, aparece como poco probable. Consecuentemente, incluso la idea de una Europa unida se vislumbra hoy más lejana.

5. Las elites políticas de, los países europeos son viejas. Su haber consiste en haber salvado a las naciones que no podían seguir siendo imperios en el mundo posbélico del poderío soviético-norteamericano.

Su tarea consistía en construir una Europa al servicio de la supervivencia de las naciones, no una nación europea; un mercado privilegiado para las respectivas economías nacionales y un sistema mínimo de equilibrio político regional.

La Europa de 1993 es el máximo al que éstas elites políticas pueden llegar. Y ya es bastante. Pero, para salvar la propia Europa de 1993, algo posible tan sólo si se le da una estructura política al nuevo mercado, y para avanzar por la senda de la unidad del viejo continente, todo el sistema político europeo debe cambiar en sus niveles nacionales.

Horizontes ideológicos

6. La crisis de Europa, por tanto, es también hija de la sociología de Europa: los europeos han restringido (y localizado) sus horizontes ideológicos; la integración social y política es tan sólo un símil de los modelos de consumo.

Esta sociología negativa en Europa dificulta el emerger de nuevas elites. El consenso electoral tiende a concentrarse en torno a prudentes fisonomías políticas de centro, razonablemente nacionales y europeístas al mismo tiempo, sin excesos.

El escenario a medio plazo de Europa está, por tanto, marcado por una perspectiva de mediocridad sociológica y política que acentuará su vulnerabilidad tanto ante las tendencias neonacionalistas, desde el punto de vista interno, como ante las agresiones de los presentes y futuros competidores políticos y económicos, en el exterior.

Por el momento, ésta es la realidad.

Sin estímulos y desafíos del exterior es difícil que esta realidad cambie: la media Europa que se está construyendo, como una Gran Suiza, ya no cuenta con recursos internos de movimiento político. En su seno se ha producido el divorcio entre los códigos de la política y los de la economía. Ello produce un mundo evidentemente más racional y moderado, pero también conservador y menos capaz de evolucionar.

Desde el momento en que está en peligro la idea fuerte de Europa, también peligra el futuro de la Europa concreta. Se repite una vez más en la historia la paradoja de los sistemas que decaen por exceso de riqueza y pérdida de los factores políticos y culturales que habían construido originalmente esta riqueza. Se ha de reflexionar sobre esto. Incluso porque ello conlleva otra paradoja: la Europa racional puede regenerarse tan sólo en su residuo potencial de irracionalidad. Europa, por tanto, está en peligro.

Carlo Pelanda es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gorizia (Italia).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de mayo de 1989

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2. En parte, ésa es nuestra opinión; esta postura del Reino Unido viene determinada por la pretensión de regular el poder alemán sobre Europa. Si hoy, de hecho, se hiciese Europa, esta Europa sería un continente alemán.

Durante un milenio, como es sabido, el Reino Unido ha intentado evitar que un solo y gran poder imperial se afirmase en el continente europeo. Tal política, hoy vigente mediante una estrategia del rechazo y los vínculos privilegiados con Estados Unidos, incluye la pérdida de poderío internacional del Reino Unido.

En ciertos aspectos, el Reino Unido no se equivoca al oponerse a una Europa demasiado fácil bajo el dominio alemán. En otros sí se equivoca, porque la única manera de imbricar y regular la centralidad alemana sobre Europa consiste en obligar a la República Fede ral de Alemania (RFA) a ceder parte de su propia soberanía a una estructura política comunitaria.

Reunificación alemana

3. La Europa política (no la económica) está empezando a ser objetivamente menos interesante para Alemania. La derrota del imperio soviético, el enorme poder económico y la nueva centralidad alemana no sólo sobre Europa occidental, sino ante todo sobre Europa orienta¡, están ofreciendo a la RFA la posibilidad de reunificar a su propia nación y convertirla en el centro del equilibrio político entre el Este y el Oeste, todo ello con enormes ventajas.Pero para alcanzar este objetivo, la RFA debe abandonar la OTAN a fin de poder gozar de autonomía en su política hacia el Este, es decir, tener las manos libres para construir una esfera de influencia económica alemana desde Suecia a Turquía, desde Polonia a la Unión Soviética.

En el curso de esta fase histórica, los vínculos políticos con Europa occidental podrían ser vistos como dañinos por una Alemania que tiene la posibilidad de construirse a sí misma como la Europa. política y económica. Y todo apunta a que la tentación es muy fuerte (incluso por la posibilidad de negociar por sí solacon Estados Unidos y Japón la estructura del mercado internacional).

4. Para reducir esta tentación, los demás países de la Comunidad deben comprender cuanto antes la naturaleza del problema y proponer una acción política tanto ante la RFA como ante el Reino Unido con características tales que ambos países se vean abocados a la integración política y no sólo económica, en el ámbito comunitario.

Pero Francia, a pesar de su activismo de fachada, es pasiva y no goza de poder real. Italia y España disfrutan de una presencia europea más retórica que sustancial. Los demás, políticamente, no existen. De hecho, por tanto, una acción fuerte y convincente por parte de Francia, Italia y España para regular al Reino Unido y a la RFA, aparece como poco probable. Consecuentemente, incluso la idea de una Europa unida se vislumbra hoy más lejana.

5. Las elites políticas de, los países europeos son viejas. Su haber consiste en haber salvado a las naciones que no podían seguir siendo imperios en el mundo posbélico del poderío soviético-norteamericano.

Su tarea consistía en construir una Europa al servicio de la supervivencia de las naciones, no una nación europea; un mercado privilegiado para las respectivas economías nacionales y un sistema mínimo de equilibrio político regional.

La Europa de 1993 es el máximo al que éstas elites políticas pueden llegar. Y ya es bastante. Pero, para salvar la propia Europa de 1993, algo posible tan sólo si se le da una estructura política al nuevo mercado, y para avanzar por la senda de la unidad del viejo continente, todo el sistema político europeo debe cambiar en sus niveles nacionales.

Horizontes ideológicos

6. La crisis de Europa, por tanto, es también hija de la sociología de Europa: los europeos han restringido (y localizado) sus horizontes ideológicos; la integración social y política es tan sólo un símil de los modelos de consumo.

Esta sociología negativa en Europa dificulta el emerger de nuevas elites. El consenso electoral tiende a concentrarse en torno a prudentes fisonomías políticas de centro, razonablemente nacionales y europeístas al mismo tiempo, sin excesos.

El escenario a medio plazo de Europa está, por tanto, marcado por una perspectiva de mediocridad sociológica y política que acentuará su vulnerabilidad tanto ante las tendencias neonacionalistas, desde el punto de vista interno, como ante las agresiones de los presentes y futuros competidores políticos y económicos, en el exterior.

Por el momento, ésta es la realidad.

Sin estímulos y desafíos del exterior es difícil que esta realidad cambie: la media Europa que se está construyendo, como una Gran Suiza, ya no cuenta con recursos internos de movimiento político. En su seno se ha producido el divorcio entre los códigos de la política y los de la economía. Ello produce un mundo evidentemente más racional y moderado, pero también conservador y menos capaz de evolucionar.

Desde el momento en que está en peligro la idea fuerte de Europa, también peligra el futuro de la Europa concreta. Se repite una vez más en la historia la paradoja de los sistemas que decaen por exceso de riqueza y pérdida de los factores políticos y culturales que habían construido originalmente esta riqueza. Se ha de reflexionar sobre esto. Incluso porque ello conlleva otra paradoja: la Europa racional puede regenerarse tan sólo en su residuo potencial de irracionalidad. Europa, por tanto, está en peligro.

Carlo Pelanda es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gorizia (Italia).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de mayo de 1989

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2. En parte, ésa es nuestra opinión; esta postura del Reino Unido viene determinada por la pretensión de regular el poder alemán sobre Europa. Si hoy, de hecho, se hiciese Europa, esta Europa sería un continente alemán.

Durante un milenio, como es sabido, el Reino Unido ha intentado evitar que un solo y gran poder imperial se afirmase en el continente europeo. Tal política, hoy vigente mediante una estrategia del rechazo y los vínculos privilegiados con Estados Unidos, incluye la pérdida de poderío internacional del Reino Unido.

En ciertos aspectos, el Reino Unido no se equivoca al oponerse a una Europa demasiado fácil bajo el dominio alemán. En otros sí se equivoca, porque la única manera de imbricar y regular la centralidad alemana sobre Europa consiste en obligar a la República Fede ral de Alemania (RFA) a ceder parte de su propia soberanía a una estructura política comunitaria.

Reunificación alemana

3. La Europa política (no la económica) está empezando a ser objetivamente menos interesante para Alemania. La derrota del imperio soviético, el enorme poder económico y la nueva centralidad alemana no sólo sobre Europa occidental, sino ante todo sobre Europa orienta¡, están ofreciendo a la RFA la posibilidad de reunificar a su propia nación y convertirla en el centro del equilibrio político entre el Este y el Oeste, todo ello con enormes ventajas.Pero para alcanzar este objetivo, la RFA debe abandonar la OTAN a fin de poder gozar de autonomía en su política hacia el Este, es decir, tener las manos libres para construir una esfera de influencia económica alemana desde Suecia a Turquía, desde Polonia a la Unión Soviética.

En el curso de esta fase histórica, los vínculos políticos con Europa occidental podrían ser vistos como dañinos por una Alemania que tiene la posibilidad de construirse a sí misma como la Europa. política y económica. Y todo apunta a que la tentación es muy fuerte (incluso por la posibilidad de negociar por sí solacon Estados Unidos y Japón la estructura del mercado internacional).

4. Para reducir esta tentación, los demás países de la Comunidad deben comprender cuanto antes la naturaleza del problema y proponer una acción política tanto ante la RFA como ante el Reino Unido con características tales que ambos países se vean abocados a la integración política y no sólo económica, en el ámbito comunitario.

Pero Francia, a pesar de su activismo de fachada, es pasiva y no goza de poder real. Italia y España disfrutan de una presencia europea más retórica que sustancial. Los demás, políticamente, no existen. De hecho, por tanto, una acción fuerte y convincente por parte de Francia, Italia y España para regular al Reino Unido y a la RFA, aparece como poco probable. Consecuentemente, incluso la idea de una Europa unida se vislumbra hoy más lejana.

5. Las elites políticas de, los países europeos son viejas. Su haber consiste en haber salvado a las naciones que no podían seguir siendo imperios en el mundo posbélico del poderío soviético-norteamericano.

Su tarea consistía en construir una Europa al servicio de la supervivencia de las naciones, no una nación europea; un mercado privilegiado para las respectivas economías nacionales y un sistema mínimo de equilibrio político regional.

La Europa de 1993 es el máximo al que éstas elites políticas pueden llegar. Y ya es bastante. Pero, para salvar la propia Europa de 1993, algo posible tan sólo si se le da una estructura política al nuevo mercado, y para avanzar por la senda de la unidad del viejo continente, todo el sistema político europeo debe cambiar en sus niveles nacionales.

Horizontes ideológicos

6. La crisis de Europa, por tanto, es también hija de la sociología de Europa: los europeos han restringido (y localizado) sus horizontes ideológicos; la integración social y política es tan sólo un símil de los modelos de consumo.

Esta sociología negativa en Europa dificulta el emerger de nuevas elites. El consenso electoral tiende a concentrarse en torno a prudentes fisonomías políticas de centro, razonablemente nacionales y europeístas al mismo tiempo, sin excesos.

El escenario a medio plazo de Europa está, por tanto, marcado por una perspectiva de mediocridad sociológica y política que acentuará su vulnerabilidad tanto ante las tendencias neonacionalistas, desde el punto de vista interno, como ante las agresiones de los presentes y futuros competidores políticos y económicos, en el exterior.

Por el momento, ésta es la realidad.

Sin estímulos y desafíos del exterior es difícil que esta realidad cambie: la media Europa que se está construyendo, como una Gran Suiza, ya no cuenta con recursos internos de movimiento político. En su seno se ha producido el divorcio entre los códigos de la política y los de la economía. Ello produce un mundo evidentemente más racional y moderado, pero también conservador y menos capaz de evolucionar.

Desde el momento en que está en peligro la idea fuerte de Europa, también peligra el futuro de la Europa concreta. Se repite una vez más en la historia la paradoja de los sistemas que decaen por exceso de riqueza y pérdida de los factores políticos y culturales que habían construido originalmente esta riqueza. Se ha de reflexionar sobre esto. Incluso porque ello conlleva otra paradoja: la Europa racional puede regenerarse tan sólo en su residuo potencial de irracionalidad. Europa, por tanto, está en peligro.

Carlo Pelanda es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gorizia (Italia).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de mayo de 1989

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El Pais

1989-5-4

4/5/1989

Europa en peligro

La idea de Europa ha perdido fuerza. ¿Qué es lo que no funciona?1. El Gobierno del Reino Unido ha demostrado, con hechos y con palabras, que se opondrá a todo proceso de integración europea que comporte una renuncia de soberanía nacional. En otras palabras, el Reino Unido tan sólo acepta una idea de Europa como zona de libre cambio entre naciones plenamente soberanas. De hecho, el Reino Unido ha demostrado incluso que prefiere ser el representante de los intereses políticos de Estados Unidos en Europa antes que acordar su política con los países de la Comunidad. Sin el Reino Unido, Europa no puede construirse. Por tanto, ni ahora ni a medio plazo, puede cundir la esperanza de contar con un banco, una moneda y una defensa europeas, es decir, el corazón esencial de la Europa política.

2. En parte, ésa es nuestra opinión; esta postura del Reino Unido viene determinada por la pretensión de regular el poder alemán sobre Europa. Si hoy, de hecho, se hiciese Europa, esta Europa sería un continente alemán.

Durante un milenio, como es sabido, el Reino Unido ha intentado evitar que un solo y gran poder imperial se afirmase en el continente europeo. Tal política, hoy vigente mediante una estrategia del rechazo y los vínculos privilegiados con Estados Unidos, incluye la pérdida de poderío internacional del Reino Unido.

En ciertos aspectos, el Reino Unido no se equivoca al oponerse a una Europa demasiado fácil bajo el dominio alemán. En otros sí se equivoca, porque la única manera de imbricar y regular la centralidad alemana sobre Europa consiste en obligar a la República Fede ral de Alemania (RFA) a ceder parte de su propia soberanía a una estructura política comunitaria.

Reunificación alemana

3. La Europa política (no la económica) está empezando a ser objetivamente menos interesante para Alemania. La derrota del imperio soviético, el enorme poder económico y la nueva centralidad alemana no sólo sobre Europa occidental, sino ante todo sobre Europa orienta¡, están ofreciendo a la RFA la posibilidad de reunificar a su propia nación y convertirla en el centro del equilibrio político entre el Este y el Oeste, todo ello con enormes ventajas.Pero para alcanzar este objetivo, la RFA debe abandonar la OTAN a fin de poder gozar de autonomía en su política hacia el Este, es decir, tener las manos libres para construir una esfera de influencia económica alemana desde Suecia a Turquía, desde Polonia a la Unión Soviética.

En el curso de esta fase histórica, los vínculos políticos con Europa occidental podrían ser vistos como dañinos por una Alemania que tiene la posibilidad de construirse a sí misma como la Europa. política y económica. Y todo apunta a que la tentación es muy fuerte (incluso por la posibilidad de negociar por sí solacon Estados Unidos y Japón la estructura del mercado internacional).

4. Para reducir esta tentación, los demás países de la Comunidad deben comprender cuanto antes la naturaleza del problema y proponer una acción política tanto ante la RFA como ante el Reino Unido con características tales que ambos países se vean abocados a la integración política y no sólo económica, en el ámbito comunitario.

Pero Francia, a pesar de su activismo de fachada, es pasiva y no goza de poder real. Italia y España disfrutan de una presencia europea más retórica que sustancial. Los demás, políticamente, no existen. De hecho, por tanto, una acción fuerte y convincente por parte de Francia, Italia y España para regular al Reino Unido y a la RFA, aparece como poco probable. Consecuentemente, incluso la idea de una Europa unida se vislumbra hoy más lejana.

5. Las elites políticas de, los países europeos son viejas. Su haber consiste en haber salvado a las naciones que no podían seguir siendo imperios en el mundo posbélico del poderío soviético-norteamericano.

Su tarea consistía en construir una Europa al servicio de la supervivencia de las naciones, no una nación europea; un mercado privilegiado para las respectivas economías nacionales y un sistema mínimo de equilibrio político regional.

La Europa de 1993 es el máximo al que éstas elites políticas pueden llegar. Y ya es bastante. Pero, para salvar la propia Europa de 1993, algo posible tan sólo si se le da una estructura política al nuevo mercado, y para avanzar por la senda de la unidad del viejo continente, todo el sistema político europeo debe cambiar en sus niveles nacionales.

Horizontes ideológicos

6. La crisis de Europa, por tanto, es también hija de la sociología de Europa: los europeos han restringido (y localizado) sus horizontes ideológicos; la integración social y política es tan sólo un símil de los modelos de consumo.

Esta sociología negativa en Europa dificulta el emerger de nuevas elites. El consenso electoral tiende a concentrarse en torno a prudentes fisonomías políticas de centro, razonablemente nacionales y europeístas al mismo tiempo, sin excesos.

El escenario a medio plazo de Europa está, por tanto, marcado por una perspectiva de mediocridad sociológica y política que acentuará su vulnerabilidad tanto ante las tendencias neonacionalistas, desde el punto de vista interno, como ante las agresiones de los presentes y futuros competidores políticos y económicos, en el exterior.

Por el momento, ésta es la realidad.

Sin estímulos y desafíos del exterior es difícil que esta realidad cambie: la media Europa que se está construyendo, como una Gran Suiza, ya no cuenta con recursos internos de movimiento político. En su seno se ha producido el divorcio entre los códigos de la política y los de la economía. Ello produce un mundo evidentemente más racional y moderado, pero también conservador y menos capaz de evolucionar.

Desde el momento en que está en peligro la idea fuerte de Europa, también peligra el futuro de la Europa concreta. Se repite una vez más en la historia la paradoja de los sistemas que decaen por exceso de riqueza y pérdida de los factores políticos y culturales que habían construido originalmente esta riqueza. Se ha de reflexionar sobre esto. Incluso porque ello conlleva otra paradoja: la Europa racional puede regenerarse tan sólo en su residuo potencial de irracionalidad. Europa, por tanto, está en peligro.

Carlo Pelanda es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gorizia (Italia).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de mayo de 1989

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