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Carlo A. Pelanda
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1992-2-15

15/2/1992

Europa necesita un nuevo sistema político

El Bundesbank fue el primero en dar la voz de alarma. La Unión Europea que se vislumbra en el Tratado de Maastricht sólo funcionará si, se apoya en un sistema político central basado en partidos paneuropeos. La única forma, opina el autor, de gestionar un sistema económico europeo es disponer de un sistema político europeo encabezado por un presidente elegido en las urnas.

La cúpula de la Bundesbank ha afirmado que la creación de la moneda única no puede realizarse sin la formación de un sistema político central y unitario. Este mensaje, emitido el día de la firma del Tratado de la Unión Europea en Maastricht, no intentaba ser una novedad, sino más bien una advertencia a los gobiernos de que este tratado es y será sólo un trozo de papel hasta que no se instale un sistema político europeo que impida a cada una de las naciones ejercer el poder soberano de decidir una política económica autónoma.Es obvio que el lenguaje del Bundesbank ha sido mucho más diplomático e indirecto. Pero la sustancia de ese mensaje ha sido subrayada por la elección del momento en el que ha sido emitido. Realmente, dicho mensaje denuncia y condena el Tratado de Maastricht como un engaño: por una parte, se fijan fechas, criterios y modalldades muy precisas para las condiciones de creación del sistema de la moneda única; por otra, se deja en la ambigüedad el sistema de gestión de la nueva economía integrada, especialmente en el plano de la formulación única de la política económica europea (aunque esté muy bien definida la naturaleza independiente del nuevo banco central europeo).

Esto significa que Europa se ve inmersa en una paradoja altamente peligrosa: se crean las condiciones de convergencia, pero no aquellas para gobernar una economía integrada.

La respuesta típica de los políticos a una paradoja de este tipo es la de minimizar el problema declarando que hasta 1999 hay mucho tiempo para pensar en ello y actuar de forma progresiva y pragmática. El engaño reside precisamente en no hacer explícito y objeto inmediato de elaboración el meollo del problema planteado en Maastricht: la desnacionalización de Europa y su reinstitucionalización en términos de Gobierno único de la Unión Europea. Sólo este paso puede dar como resultado una gestión política de la economía que sea compatible con un sistema monetario único. Y el problema está precisamente en el hecho de que un paso de tal calibre reviste una enorme dificultad y no se vislumbran las premisas de las que pudiera surgir un proceso de actuación antes de 1999.

Realmente se trata de crear una autoridad europea cuyas principales funciones de soberanía nacional sean transferidas a un sistema de tipo federal.

Para dar una idea de la dificultad de este proceso se pueden citar algunos elementos político-institucionales que son de necesaria organización para gestionar una economía integrada.

Elegir un presidente

El origen de un Gobierno que pueda tener fuerza y legitimidad suficiente para decidir una política económica, financiera y fiscal en el ámbito europeo no puede ser otro que el basado en la elección de un presidente de la Unión Europea que nombre un Gobierno que se someta al control de un Parlamento compuesto por una cámara baja en la que estén representados los partidos y por una cámara alta que refleje los intereses de cada una de las naciones allí representadas.

Es primordial que la figura presidencial surja de una elección paneuropea directa para gozar de legitimidad e independencia suficientes de forma que racionalice, en referencia al sistema y no a cada una de las naciones, los criterios de la acción política, sobre todo en su vertiente económica. Cualquier otro criterio (colegiación, decisiones por mayoría) sería poco eficaz e insuficiente y conllevaría una inmediata renacionalización de los intereses, haciendo inestable la arquitectura europea.

Por ejemplo, pensemos en el caso de una política económica que por interés general tenga que penalizar los intereses de un área concreta. En un sistema de consenso colegiado, las presiones de los intereses perjudicados harían dificil para los representantes de esa área el consenso y resultaría imposible y demasiado comprometida la decisión política misma. Es decir, el sistema no podría funcionar.

El sistema sólo puede funcionar si los intereses perjudicados se expresan a través de. una acción parlamentaria-legislativa que transforme, de lo concreto a lo general (mediante las reglas de mayoría), la acción de equilibrio del poder ejecutivo. A su vez, el poder ejecutivo general tiene que basar el propio poder legítimo de dirección en una fuente igualmente general para no mezclarse en los juegos comprometedores de los localismos.

En resumen, no hay esperanza de gestionar un sistema económico europeo sin la formación de un sistema político europeo. Esto significa que ya no existe la posibilidad de usar el método funcional-pragmático que ha marcado la evolución de la Comunidad desde finales de los años cincuenta hasta 1991: la institucionalización de convergencias económicas de hecho sin dar paso alguno hacia la desnacionalización de la política sustancial.

Europa se encuentra, por tanto, con que debe romper con el pasado y forzar un paso político sobre el que nadie ha pensado seriamente hasta ahora (incluso porque los políticos en el poder saben que no les tocará a ellos gestionar en el futuro el nuevo sistema).

Un trineo sin timón

Con el Tratado de Maastricht nuestros gobiernos nos han arrojado sobre una vertiginosa pista de hielo en la que no es posible frenar a bordo de un trineo sin timón. Quizá fuera éste el único modo de romper la inercia.

Ahora le toca a los ciudádanos europeos echar mano de, su bagaje político para guiar el trineo. Todo lo cual significa que en pocos años habrá que definir cómo Estados nacionales de tradición milenaria podrán ceder soberanía sin repercusiones estructurales y cómo podrán algunos hacerlo sin verse fragmentados por regionalismos endémicos (especialmente en Italia, Reino Unido y España); pensar en cómo hacer que la opinión pública acepte garantías menores de ámbito nacional; en síntesis, cómo pensar en un nuevo pacto social quesos.tenga el avance europeo desde la base dándole un fundamento de cohesión social.

Sólo la creación de un pilar social europeo puede acelerar la formación de una Europa que se mantenga en pie. ¿Pero cómo lograrlo? La única respuesta posible es la de construir un sistema político paneuropeo en el sentido literal del término, es decir, un sistema de partidos europeos.

La Europa esbozada de forma apresurada en Maastricht sólo es posible si se forman dos grandes partidos paneuropeos, uno de orientación socialdemócrata y otro liberaldemócrata, capaces de sintetizar a escala continental las dos grandes ideologías que compiten en la evolución del capitalismo democrático y, sobre todo, capaces de expresar una mayoría política desnacionalizada y de mantenerla cohesionada.

Que den un paso adelante, por tanto, los que sean capaces de organizar rápidamente una oferta política de este calibre, porque éste es el único paso que nos puede evitar a todos nosotros, habitantes de Europa, el descalabro por la pendiente en la que nuestros gobiernos nos han arrojado con orgullosa superficialidad.

Carlo Pelanda es profesor de escenarios estratégicos en la LUISS de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de febrero de 1992

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